Y nadie había ido
Once años desde el último funeral, cincuenta y cuatro desde el último bautizo.
El último funeral del pueblo lo vivimos hace once años. El último bautizo hace cincuenta y cuatro.
La mayoría de las casas estaban cerradas, atrapando el silencio que se había quedado viviendo en ellas. Las persianas ocultando lo que hacía tantos años habían sido nuestro hogar.
Nicolás marchaba como cada lunes hacia la plaza del pueblo. Su paso no era rápido, el peso de los noventa y seis años que cargaba con él no le permitía moverse con la fluidez de hacía unos años. Llevaba su camisa blanca con hasta el penúltimo botón colocado, el que quedaba era algo molesto para respirar y ya hacía algún tiempo que había dejado de colocarlo como siempre. Ya no le importaba ir impoluto como le habían enseñado. El chaleco de punto azul oscuro era una parte de sí mismo, demasiados años vistiendo aquella ropa como para cambiar.
—Buenos días, Nicolás, sigues hecho un zagal.
Marisa siempre tenía esa jovialidad en la voz, un tono que no había desaparecido desde que la conocía, nada más que cuando su marido murió hacía más de veinte años. Madre de dos hijos que se habían marchado del pueblo en cuanto pudieron y apenas habían regresado para celebrar alguna Navidad. Al principio. Con el tiempo, dejaron de venir, como todos.
Nicolás saludó al grupo como siempre hacía. Eran las últimas cuatro personas que quedaban en el pueblo. Un pueblo enterrado por el deseo joven de unirse al desierto de asfalto. Un deseo que a su vez era una condena.
José Manuel iba con la ropa de campo, estaba sentado en su andador, medio dormido cuando no eran ni las doce del mediodía. Al otro lado de Marisa, estaba Paloma.
Paloma aún vestía el delantal de panadera, su cuerpo rechoncho encajaba a la perfección con aquella ropa clara, dando algo de luz entre todo el color oscuro que vestíamos el resto de habitantes del pueblo.
—Yeh. Buen día.
Aquella reunión no era para charlar, aunque Paloma siempre se arrancaba a recordar algunos momentos de chismorreo que no podríamos ninguno, señalar en un calendario.
Aquella reunión era para dejar que los que ya no estaban los acompañasen durante un rato. Un homenaje.
Cuando comenzó aquella rutina semanal en la plaza, aún quedaban cerca de quince personas viviendo allí. Ahora solo quedaban ellos. La única visita que recibían era la del chico que les traía algo de comida en su furgoneta. El nieto de Fermín, un joven que ya tenía canas en el pelo y que desde que encontró las persianas bajadas de la casa que sería su herencia, comenzó a visitarlos y a cuidarlos en ese pequeño rato. Cada lunes sobre la hora de comer, escuchábamos el motor diésel de aquel trasto, subiendo nuestras infernales cuestas que parecían escalar hasta el cielo.
Nadie se lo había pedido, pero era obvio que todos lo necesitaban. Ni siquiera había tiendas donde abastecerse a menos de cuarenta kilómetros y el único coche que aún quizás funcionase allí, era el coche de Paco, un señor con cataratas que llevaba sin aparecer por la plaza algo más de un mes.
Ya habían pasado las tres de la tarde y ni siquiera Paloma tenía ya ganas de hablar. José Manuel se marchó el primero, maldiciendo los mil demonios mientras se alejaba al paso de arrastre que todos teníamos ya. Era doloroso verlo marcharse, pero todos le observaron hasta que Marisa se puso en pie con la energía de quien se ha cansado de fingir.
Cuando pasó una hora, solamente Paloma quedaba en aquella plaza, Nicolás se había marchado en cuanto vio que ella comenzaba a llorar sin hacer ruido.
Recuerdo cuánto tardó en llegar hasta su casa, cómo notaba las piedras atravesando la suela de aquellos zapatos que tenían más años de trabajo que mucha gente que había conocido.
Lo vi detenerse tras cada cuesta para recuperar el aliento. Cómo se giraba y frenaba su paso, intentando distinguir aquella música angelical que anunciaba la llegada del nieto de Fermín. Pero lo único que escuchó fue el cantar de los pájaros y el viento atravesando las hojas de los árboles. Lo único que escuchó fue el sonido que le había acompañado toda su vida, el que había hecho que no quisiera irse a otro sitio. La sinfonía de un ciclo que estaba llegando a su fin.
Nicolás llegó a su casa, caminando por el centro de la estrecha calle. Podía ver cómo en su recuerdo, las cortinas y visillos que ahora permanecían quietos, habían sido el susurro de la vida en otro momento. Ahora todo estaba muy quieto.
Cuando entró en su casa, una casa que antes que de él, fue de sus padres, una casa que tenía más historia que muchos libros, no pudo controlar aquella esperanza de que alguien le diera la bienvenida. Y, como una fatua esperanza, él, volvió a hacerse la misma pregunta de siempre.
¿Y si ya estoy sordo?
El sonido de la puerta al cerrarse, el rechinar de los goznes y las bisagras, provocaron el eco que amenazaba con arrastrar el polvo de cada parte de aquel museo en honor a su vida.
El escalón pareció moverse y Nicolás cayó al suelo.
Nadie escuchó el grito.
Ni siquiera él.
Con dificultad se agarró del recibidor y trató de levantarse, pero el mueble se le cayó encima.
Nicolás notó cómo aquel día oscurecía antes de tiempo y no pudo evitar sonreír aliviado. Un alivio por lo que sabía que iba a ser lento para otros, un alivio porque fuese un poco más rápido.
En ese momento solo yo fui consciente de que ya éramos uno menos.
El siguiente lunes Paloma llegó puntual a la plaza, Marisa le saludó, pero ella no pudo escucharla, solamente vio cómo aquellos arrugados labios se movían y dedicó una sonrisa a la única persona que quedaba allí con ella. Solo se llevaban dos años de edad, por lo que no podía evitar recordar cómo aquella Marisa, entre otras viejas amistades, presentes allí con ellas como cada lunes, habían recorrido el pueblo corriendo cuando eran pequeñas. Cuando tenían prisa por ser más grandes, cuando habían anhelado el corazón de algún joven apuesto, cuando habían abrazado a sus delicados bebés y cuando habían llorado la pérdida de alguien que se fue demasiado pronto para conocer la última tradición del pueblo.
Paloma había perdido oído después de una fiebre hace ya muchos inviernos. Su panadería nunca le supo igual desde aquello, siempre tenía que poner demasiada atención para saber qué quería la gente. Cuando cerró, sintió alivio. Cuando, aquel lunes, tampoco apareció el zagal de la comida se sintió confundida.
Siempre esperaba ver el reflejo del parabrisas del coche blanco con el rótulo en el lado. Siempre lo veía cuando todos giraban la cabeza en aquella dirección.
Luz.
Pero no hubo luz aquel día.
Paloma sintió alivio cuando entendió que nadie vendría, que ya no hacía falta seguir volviendo a la plaza.
Por la tarde, Paloma sacó el azúcar y la harina.
Unos decían que había sido trabajo, para ella era su vida, era paz y alivio, era momento de darse un último capricho con aquello que tanto había sido ella y que el médico le había prohibido.
Cenó como si una niña hubiera preparado el menú.
No despertó. Durmió mucho, arropada con silencio. Durmió con una sonrisa en la boca y el gusto dulce de su veneno.
Aun con el reflejo que entraba por aquella cortina cerrada, se podían ver las migas en su cara. En el plato, aún quedaba un último bocado que ni siquiera yo podría probar.
Marisa lo llevaba mal.
Hacía una semana desde la última vez que había visto a Nicolás.
Se había sentido horrorizada cuando escuchó al viento gritar mientras los árboles se mantenían quietos.
Tres días.
Lo entendió cuando volvió y solo vio a Paloma en la plaza.
Siguió tejiendo lana. Preparando una bufanda que no iba a ser para nadie.
Una bufanda demasiado larga.
Solo.
Fermín estaba nervioso.
No podía evitar acelerar tras cada curva que trazaba el camino al pueblo.
Los botes de cristal chocaban con cada giro del volante. La comida que llevaba preparada era necesaria, lo sabía.
Aún llevaba el brazo escayolado. Se había ido a escondidas de sus hijos, que después del accidente no querían dejarle solo.
—Tendrán familia.
Decían sus hijos, mientras le escondían las llaves del coche.
—Que se encargue otro.
No había nadie.
Aún recordaba cómo su abuelo, en sus últimos años, le había contado cosas del pueblo, de cada uno de los habitantes. Aquella panadera que sabía que querías antes incluso de pedirlo, que siempre te atendía con una sonrisa. De Marisa, una mujer a la que había cortejado de joven, pero que nunca le había correspondido.
—Un amor que no se olvida.
Decía.
José Manuel, su amigo gamberro que no había vuelto a ser el mismo después de que a su mujer se la llevara la gripe.
Alguien había dejado un andador tirado en mitad de la calle, uno algo gastado por el uso que Fermín no quiso mirar dos veces.
El pueblo estaba en silencio mientras el sol calentaba cada rincón. La plaza estaba vacía.
Así fue como supo que nadie había ido.
Así fue como entendí que el tiempo como pueblo me había llegado.
Ahora no era más que un cementerio en el que cada lunes se reunirían los de siempre.