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A.S. Pulido
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El hueco

Señal

Un lunar en el mismo sitio que el suyo, y una desconocida que le pide que no embarque.

3 min de lectura 578 palabras

La primera vez que habló con Elena, supo que la conocía de antes. La segunda vez, empezó a sospechar.

Aquella mujer debía de tener cerca de los veinte años, el rostro era perfecto, como el de cualquier persona en estos tiempos, pero era aquella pequeña mancha oscura, aquel lunar colocado en el mismo punto que el mío. Eso era lo que me hizo pensar que había algo raro.

Sus ojos miraban a una versión de mí que aún no existía. Y solo hacia eso, mirarme, como si me buscara.

—¿Qué quieres?

No pretendía ser tan brusco, pero el tiempo de mi descanso era breve y no quería malgastarlo.

Parpadeó, al tiempo que ladeó la cabeza.

—¿Puedes verme?

Su voz iba cargada de estática, casi no se podía entender qué decía.

Debía de ser un androide defectuoso, uno caro, uno que parecía demasiado real.

Alguien me apartó de la cola y caminó, atravesando a la mujer como si no estuviera allí. No podía ser un holograma, no allí, no tenía la base de luz que proyectaba.

—Claro que te veo, estás en el medio. ¿Qué quieres?

Extendí la mano hasta tocar su cara, comprobando que yo también podría atravesarla.

Era fría. La piel era hielo, un hielo que vibraba a una frecuencia muy baja, haciendo que sintiera un leve cosquilleo en la zona que contactaba con ella.

—No debes subir a la nave.

La cantina cerró el mostrador, mi oportunidad de comer algo antes de volver se esfumó con el chirriar de la reja al cerrar.

—¡Eh! Espera, no he tenido tiempo de mi ración.

Era inútil, le hablaba a una máquina que ya se había puesto en modo suspensión.

—Muchas gracias, por tu culpa me he quedado sin mi parte, no podré comer nada hasta mañana.

La frustración ocupaba gran parte de mi estómago, un espacio que reservaba para la pasta de la ración. Por suerte faltaba poco para que volviera a casa.

Aquella mujer sonreía, feliz, seguramente divertida por mi situación.

—Jod-.

Me interrumpí en cuanto vi la lágrima.

—Lo siento papá, solo es que necesitaba conocerte, mamá te sigue necesitando, y yo también te voy a necesitar cuando nazca.

El pitido en el pad anunció que iba tarde, no tenía tiempo de embarcar. Corrí hasta el exterior, a tiempo de ver cómo la nave despegaba. A tiempo de ver el fuego, segundos antes de la explosión.

Volé hacia el interior con el impacto de la expansión, golpeándome contra un taburete, aturdido. Cuando me moví buscando a la joven, ya no estaba allí. Solo quedaba el frío tacto en mis dedos, unos dedos que aún sentían aquella discreta vibración.

La noción del tiempo me abandonó, mientras veía como algunos colonos se movían rápido a buscar entre los restos de la nave, era inútil, pero había que intentarlo.

El pad comenzó a sonar, alguien me estaba llamando, descolgué sin mirar quién era.

—¿Sí?

Voz hueca la que salió de mi boca. ¿Cuántos habían muerto?

Un llanto se escuchó desde el otro lado de la línea, un llanto que solo aparece cuando la esperanza vence al miedo.

—Me han avisado que habías muerto...

Los llantos se mezclaban con aquella voz dulce y cálida, llantos descontrolados de alivio.

—Cariño, necesito saberlo. ¿Estás embarazada?

No estaba allí, pero seguía viéndola, aquel lunar, aquel rostro. El llanto paró.

—¿Cómo lo sabes?

La sorpresa era evidente. La mía. La suya.

—Todo irá bien cariño, será una niña muy inteligente. Elena, así se llamará.

Señal A.S. Pulido

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