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A.S. Pulido
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El hueco

El monumento

Un niño pregunta a su padre por qué falta un año en el calendario de la cocina.

3 min de lectura 477 palabras

Entre el cuarenta y dos y el cuarenta y cuatro, el calendario de casa tenía una página en blanco. Era el vacío de aquella página, el contraste que creaba el blanco contra el resto de imágenes, monumentos icónicos del pais, era desolador.

Entre catedrales, iglesias y esculturas, se encontraba el mayor monumento a la memoria, el olvido.

—Papá. ¿Por qué no hay un año cuarenta y tres?

Recordaba cómo había sucedido todo. Como había comenzado.

Los ideales son peligrosos.

Los idealistas, unos terroristas que con intención pierden de vista el daño que ejercen a quienes son moralistas, a quienes con facilidad sienten y embisten cualquier idea contraria a la que les dictan.

—Es el silencio hijo.

Antes del silencio hubo mucho ruido, el ruido de unos era el himno del otro.

La paz no era posible, la única cosa en la que estuvieron de acuerdo fue en que ya era tarde.

—Pero eso es papel, el silencio es sonido.

El silencio escrito se ve así.

—Así es, hijo.

El niño no se conformó con esa respuesta.

—¿Se quedaron sin tinta?

Suspiré.

—Eso que ves ahí, es un monumento al olvido, una carta a nuestros seres queridos. Eso que ves ahí, hijo, es una lápida de dos ideales enfrentados que escogieron morir por reconocimiento de sus actos. Eso que ves ahí, hijo, es ese sesenta por ciento de gente que ya no está por defender lo que pensaban.

Se quedó pensando, balanceando el peso de un pie a otro mientras se comía las gachas de trigo.

—En la escuela nos enseñaron que los monumentos son bonitos, que los hace gente famosa. Que usan el arte para expresar cosas.

Tremenda boca tenía el niño. Tremenda pureza el ser que no sufría por recordar lo que en público se sentía como un eterno olvido.

—Eso es exacto. Pero una cosa no quita la otra. Un grito a volumen bajo no deja de ser un grito. Importan más cosas.

Removía con la cuchara la comida, se veía la pregunta girando en el cuenco.

Sonreí con la boca mientras el corazón se contraía en mi pecho.

—¿Es por eso que las clases son tan grandes y hay tanto espacio vacío?

—¿No te recuerda a algo ese espacio de más en clase?

El rostro de mi hijo se iluminó.

—Es como esa hoja, espacio para más que ya no están.

Puse mi mano en su hombro y lo acerqué.

—Así es hijo, así es. Aun con todo esto, no te has fijado en lo que pone al pie de esa página del calendario.

Sus ojos se abrieron por completo y su cabeza giró hacia el calendario, se acercó, yo fui con él, y pude ver aquel pie de imagen, aquellas palabras discretas en esa hoja en blanco: para quienes recuerdan y aun así eligen no olvidar.

No dije nada más. No hizo falta.

El monumento A.S. Pulido

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