Un buen día
Tres mensajes seguidos de una paciente asustada, y las llaves del coche en la mano.
—Las obsesiones tienden a hacer daño.
Intenté sonar lo más agradable posible. No soportaba ver cómo se desmoronaba.
—Si notas que algo vuelve una y otra vez a tu mente, tienes que intentar salir y romper el bucle.
Laura evitaba mirarme, asentía mirando hacia sus pies. Asentía despacio. En silencio.
Ya eran las seis y cinco, estaba pasándome de tiempo y mi siguiente paciente estaría esperando en la sala, impaciente.
—Venga Laura, eres una mujer fuerte, ese chico solo ha sido una piedra en tu camino, estoy seguro de que tienes a alguien que se preocupa por ti más cerca de lo que crees.
Levantó la cabeza, su cara tenía más luz que antes y sus ojos miraban de forma más intensa.
Asintió.
—Lo sé, es solo que han sido muchos años —Evitó mirarme mientras continuaba hablando—. Han sido muchas cosas las que me había hecho.
Un muro de piedra, eso era, no podía dejar de ser profesional, si empezaba no podría parar de nuevo.
Me levanté de la silla y me acerqué a paso decidido hacia ella. Era mi forma de indicar sutilmente que ya había terminado la sesión. Noté que un músculo se movía en mi cuello, con ansias por salir de la fortaleza en la que me recluía cada vez que tenía una sesión así con uno de mis pacientes.
—Gracias, sé que soy muy pesada siempre contándote lo mismo y quejándome de las mismas tonterías.
Laura sonreía, nadie imaginaría la historia detrás de esa sonrisa, el daño que alguien con tanta luz había podido sufrir y aun así continuar empeñándose en fingir para que los demás no se sintieran incómodos.
—No son tonterías ni eres pesada, no te preocupes que no me molestas. Además, sabes que tienes mi teléfono para cualquier urgencia que te surja.
La respuesta de Laura no fue fingida, fue un puñetazo directo al estómago, una caricia y un beso a la vez. Aquel gesto que ablandaba cualquier corazón.
Asintió con energía y salió dando pequeños saltos al pisar, como si pudiera flotar. Como si la mochila que llevaba no pesara una tonelada.
Estás dejando de ser profesional, hay que recluirse en la fortaleza y no sentir. En este trabajo, sentir es morir.
Carlos entró a la sala resoplando, arrastró la silla haciendo ruido y se dejó caer encima.
—Joder Roberto, llevo esperando diez putos minutos macho. Eso es de ser poco profesional.
Aún estaba de pie, junto a la silla que había dejado Laura, que casi no había podido salir por la puerta antes de que Carlos entrara. Mantuve el silencio cuando cerré la puerta. También al caminar hacia mi silla.
Carlos era ese tipo de personas que acudían a terapia con un papelito firmado por un juez.
—Buenos días, Carlos, mi paciente anterior necesitaba más tiempo y se lo he dado, como hago con todos los que lo necesitan.
Cerré el puño.
Aquel imbécil al que tenía que dedicar una hora de su tiempo todas las semanas durante seis meses por imposición de un juez, negó con la cabeza al tiempo que hacía un gesto despectivo y abría más las piernas para acomodarse en la silla.
—Lo que tú digas, tú eres el loquero.
Aflojé el puño.
Me senté.
Calma, ni él quiere estar aquí ni tú quieres que esté aquí. Es lo que toca.
Notaba la tensión en la espalda. Una cosa era dar apoyo, guiar a alguien que tenía un problema. Lo otro podría ser denominado más como tortura, tener que soportar casi una hora de charla con alguien que claramente no te escucha, alguien que no ve el problema y se cree que todo menos él está mal.
—Muy bien, hasta aquí la sesión de hoy. La frase de la sesión de hoy es...
Carlos ya estaba fuera de la sala. Le importaba entrar a su hora, pero no le importaba irse antes de tiempo.
La frase de Carlos hoy será: Mis abuelos eran felices y mi Abuelo le hacía alguna caricia a mi Abuela para enseñarla.
Respiré.
Cerré los ojos.
Después de unos minutos para recomponerme, cogí el teléfono y comprobé los mensajes. Laura me había escrito:
—Miguel está aquí y no sé qué hacer.
—Tengo miedo.
—¿Qué hago?
Salí rápido de mi despacho, con las llaves del coche en la mano.
La recepción estaba vacía.
No quité la publicidad del parabrisas del coche, arranqué.
Fui directo a donde sabía que vivía Laura, cerca, solo unas calles desde donde estaba.
En su portal la encontré, en pijama, hablando con el que sabía que era Miguel, era igual que lo había descrito. Bajito y delgado, ropa ancha y una mochila oscura.
Contuve el aliento, aun sentado en el coche.
Se acercó y la besó.
Incluso desde la distancia pude notar cómo algo dentro de ella se retorcía haciéndole sentirse incómoda.
Y entonces, Miguel se separó de ella y fue directo al paso de peatones.
Vi el ojo hinchado de Laura.
Hacía una hora y poco más no lo tenía.
Mi pie pisó el pedal, despacio.
El semáforo en verde.
Más despacio.
Ámbar.
Cogí aire.
Aquel muñeco verde.
Cuando aquel desgraciado comenzó a cruzar.
Aceleré.
No paré cuando salté el bache.
Sabía que era una calle poco transitada, lo sabía porque había seguido a Laura para vigilar que ese desgraciado no le volviera a tocar.
Actué lo más tranquilo que puede actuar alguien que no puede dejar de temblar.
No dormí.
No por arrepentimiento: no dormí de pura excitación. Por fin había podido hacer algo por ayudar de verdad.
A la mañana siguiente, la Guardia Civil estaba en mi despacho.
Laura les acompañaba.
Asintió.
Ese fue el momento en el que mi sonrisa se borró.
Así terminó mi buen día.