Culpa heredada
Un velero heredado, una mancha seca en la cubierta y un trastero que huele a mar.
Cuando abrí la puerta del trastero, el olor a mar salió antes de que la luz entrara por completo. Hacía muchos años que nadie entraba allí y aún se podía detectar el salitre, la humedad.
Cerré los ojos y sentí cómo mi cuerpo se balanceaba, igual que lo hacía años atrás en aquel barco que dormía cubierto por la lona oscura.
Nunca volvería a ser así.
No.
—Tienes suerte de que nadie haya querido quedárselo. Lo he intentado vender un par de veces, pero todos terminan renunciando en cuanto ven el nombre de ese trasto.
Aquel hombre olía a sudor rancio pintado con colonia barata. Su voz sonaba temblorosa y sus ojos me evitaban.
—No te lo tomes a mal, muchacho. Tu abuelo era un buen amigo. —Dio un paso atrás—. Solo quiero que te lleves las cosas. Necesito alquilar el espacio.
Me acerqué a la embarcación con paso firme, agarré la lona negra y tiré con fuerza. La dificultad no estaba en el peso ni en si estaba amarrada. La dificultad era en lo que ocultaba.
Un velero.
En el casco blanco se leía con facilidad aquel nombre: Ícaro. Letras negras atravesadas por una delgada línea azul. El nombre que mi abuelo le había puesto al navío.
—Mañana vendré con el remolque y te sacaré este trasto de aquí. —Mi voz habló firme mientras el resto de mí estaba ya con él, reviviendo mi niñez, en mitad del mar.
El olor a óxido se abrió paso entre el polvo y la sal.
Di un paso.
Allí seguía aquella maldita mancha, diez años después y nadie la había limpiado.
—¿Dices que nadie más ha querido llevárselo? —Aquello me sorprendía; el estado era bastante bueno—. ¿Llamaste a mi padre?
Claro que le había llamado. Seguramente era cosa de él que me llamaran a mí para esto.
—S-sí. —Ese maldito dio otro paso atrás, casi fuera ya del trastero—. Según me dijo, esto es tuyo por el testamento.
Un temblor se apoderó de mi mano. No podía quitar la vista de aquello.
Asentí.
—¿Por qué no me dejas un momento?
Casi no terminé la frase y aquel hombre se marchó trastabillando.
Por fin estaba solo. Mis hombros se relajaron, las cervicales se quejaron por la tensión sostenida. Lo único que no pude relajar fue el pecho. Aquella maldita mancha roja seguía en el mismo sitio, recordando sus últimos momentos.
Recordándome lo que había hecho.
El aire me rechazó.
Un pinchazo en el costado derecho.
El calor hundiéndose hacia dentro.
—Sí. —Sonreí—. Yo fui quien mató al cabrón de mi abuelo.
Cogí aire.
Ese hijo de puta me había regalado un recordatorio. Y volvería a hacerlo.