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A.S. Pulido
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Sin remordimiento

Fauna

Cada día aparece un gato nuevo en el jardín de Nuria, y ninguno se marcha.

6 min de lectura 1134 palabras

El tercer gato en una semana. Esta vez no se movió cuando ella abrió la puerta. Se limitó a inclinar la cabeza cuando la mujer pasaba al interior de la casa, un saludo que normalmente se reserva para alguien a quien se respeta.

Antes de entrar por completo a la casa, la mujer se detuvo un momento, se agachó y rascó al animal tras las orejas, pero el animal se mantuvo impasible, quieto, sin asustarse y sin emitir conformidad.

—Tú eres nuevo. Nueva.

La voz de la mujer sonaba suave y delicada, la voz de alguien que acostumbra a hablar con animales como si le entendieran, pero que teme que le tachen de loca.

—Ahora te traigo algo de comer.

Todo había empezado cuando Nuria, esa joven mujer de pelo castaño y de aspecto frágil, se encontró con aquel gato negro, un gato demasiado mayor para sobrevivir mucho tiempo solo, un gato demasiado herido para dejarse ayudar.

Nuria no durmió aquella noche, no durmió hasta que aquel gato comió algo.

Se había encontrado con el gato en el jardín, escondido entre dos maceteros, buscando la intimidad de los últimos momentos. Pero Nuria se lo había robado. En su empeño por cuidar del gato, este comenzó a verse mucho mejor. Su pelo, que parecía sucio y enmarañado, ahora estaba suave y brillante. La ingente cantidad y variedad de comidas que le había dejado al gato, hizo que tras una semana, el gato se moviera con soltura y energía, pero siempre por la casa.

Dos semanas hacía de aquel encuentro. Una semana desde que los otros habían aparecido.

—Voy a dejarte esto aquí, puedes tomar lo que quieras —Nuria dispuso dos pequeños cuencos, uno con comida jugosa que olía a eso que los gatos se sienten atraídos, carne y vísceras, y otro con agua que contaba con un cubito flotando y trazando movimientos en círculo—. Y esto es por si te cansas de vigilar.

Era un cojín, uno de aquellos que eran demasiado viejos para ser cómodos en un sofá, pero que un gato vería como la mejor y más mullida cama posible.

—Si quieres entrar, la puerta de atrás está abierta, ya hace calor estos meses.

Aquella mujer nunca habría tratado así a otro ente de su misma especie, en cambio, con los animales no podía actuar de otra forma.

En el interior de la casa, Nuria se acercó a chocolate, era como llamaba a aquel gato negro que ya no parecía tan mayor.

—¿Cómo estás, mi tableta de chocolate?

El gato no tardó ni un segundo en levantarse, estirarse y acercarse a la mujer, ronroneando y frotándose por sus piernas. Era el saludo que ya se hacía rutina en esta última semana.

Una semana después, Nuria había cambiado los rosales de su jardín y había plantado aquella hierba gatera que parecía césped. En cada rincón, había gatos, distintos colores y patrones de pelo. Había gatos mayores, creando una especie de barrera al rededor y en el centro del jardín, varios gatos pequeños jugaban, seguros y tranquilos.

A ella no le importaba, no tenía miedo de ellos, solo les ponía comida nueva cada día y cambiaba el agua para que estuviera limpia. Por primera vez en mucho tiempo estaba tranquila de verdad.

Nuria era una mujer que había querido, era una persona que había amado, pero por las malas había aprendido que solo los animales de verdad no traicionan.

Y así fue como llegó en tercer día de la tercera semana. Mientras Nuria aplicaba su nueva rutina, poniendo comida de nuevo en cada cuenco, cambiando agua y regando aquellas plantas feas que a los gatos les encantaba, Nuria escucho al primer gato bufarse.

—¿Qué coño es eso?

Una voz que hizo que Nuria se encogiera, una voz que venía de la entrada de la casa. Una voz que Nuria no quería escuchar de nuevo.

Ella sostuvo su mano, que temblaba, cogió aire con fuerza y se acercó temblorosa hasta la entrada.

Lo reconoció al instante, tenía un corte de pelo distinto, más canas y estaba mucho más delgado, pero lo habría reconocido aún sin voz y sin cara, solo aquella forma de quedarse parado de pie, la postura de sus hombros y la silueta eran suficientes. Diez años y tres semanas sin verlo y allí estaba de nuevo.

—Vete.

La voz de Nuria salió débil y temerosa.

—No deberías estar aquí. Asesino.

El grupo de gatos se había interpuesto entre ella y aquel hombre, con el lomo arqueado y los otros de punta. No dudaban en enseñar los colmillos.

—Esa no es forma de recibir a tu marido.

En hombre le hablaba a ella, pero miraba desconfiado a los gatos que le cercaban.

—Sabes que no hice por ti.

En bufido de un gato hizo que aquel animal que se encontraba de pie se callara. Era chocolate.

—Tú no eres más que el asesino de mi hija —Cualquiera podría haber visto como el cuello de Nuria palpitaba con cada latido de su corazón, desbocado en aquella situación para la que nadie puede prepararse—. Llamaré a la policía, vete.

Fue chocolate quien hizo que Nuria dejara de temblar, quien le dio el coraje para rechazarle, para hacer frente a su mayor miedo.

La cara del hombre se contrajo en una mueca de desprecio.

—Lo hice porque te quiero. Lo hice porque eres mía. Solo mía.

Dos gatos saltaron rápido a sus pies y le destrozaron los pantalones. Fue rápido. Un suspiro.

—Ya me marcho, puta loca. Eres mía.

La cara de ese ser era la de un demonio que sonríe con la cara desencajada, sin aceptar realmente nada. Dejando a Nuria quieta frente a su puerta, rodeada de gatos que le acompañaban. Cuando se pudo mover de nuevo, se sentó en el suelo, donde varios de aquellos peludos se acercaron a ella, tapando sus lágrimas, dándole consuelo.

Aquella noche Nuria se quedó dormida mientras abrazaba a chocolate en el sofá. Se despertó con los gritos. Solo se movió cuando las luces de las sirenas de la policía llegaron. Los vio por la mirilla, uno de los policías vomitaba junto a los rosales arrancados.

—¿Se encuentra bien señora?

El policía hablaba con dificultad. Otra patrulla llegaba. El otro dejó de vomitar y trataba de limpiarse la boca.

Fue entonces cuando se dio cuenta. No quedaba ningún gato.

—Necesitaremos hacerle unas preguntas. ¿Puede acompañarnos?

Ella solo pudo asentir, confundida y aterrorizada.

Fue de camino al coche patrulla cuando distinguió el cuerpo, aquella silueta que tenía los bajos del pantalón destrozados. Aquel cuerpo con la cara tapada con una tela blanca empapada en color frambuesa.

Nuria miró atrás, hacia la casa. Chocolate estaba mirándola desde la puerta aún semiabierta. La luz provocaba pequeños reflejos escarlatas en su hocico y bigotes.

Después de quince años, Nuria por fin se relajó.

Fauna A.S. Pulido

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