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A.S. Pulido
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Sin remordimiento

Renta

Cada día quince, un inquilino transfiere seiscientos euros a una cuenta sin dueño.

4 min de lectura 612 palabras

Cada mes, el día quince, Marco transfería seiscientos euros a una cuenta que nadie había abierto.

Muchos se sorprenderían de ese precio para un piso como aquel, un precio que mantenía desde hacía ocho años, un precio que no se pagaba solo en dinero.

La casera era una mujer despreciable, una de esas mujeres mayores que con el paso del tiempo se han quedado completamente solas, sin hijos y sin familia y lo más poco sorprendente de todo, tampoco tenía ningún amigo.

Estaba sola.

O lo estaría, si no fuese porque vivía conmigo, aunque quizás vivir sea algo generoso. Me molestaba tener que seguir pagando esa cantidad cada mes para que ese dinero se perdiera, nadie tenía acceso a esa cuenta, ni siquiera mi querida Mari Carmen, que dormía plácidamente dentro del congelador. Bueno, no todo, ya había logrado sacar la mayor parte para deshacerme de cualquier prueba, solo quedaba la cabeza, congelada en esa eterna expresión de sorpresa.

Veréis, esa agradable mujer, le dio una patada a mi gato el primer día que entró a mi casa, sin permiso, sin avisar.

Eso solo fue el primer día, otro día, mientras yo dormía entró y se puso a ver la tele, en mi salón, a todo volumen.

Entenderéis que hiciera lo que hice ¿Quién no habría hecho lo mismo que yo? Quiero decir, los dos meses que la dejé atada y amordazada. Drogada. Eso quizás si fue pasarme un poco.

Pero entendedme, yo actué por propia defensa de mi dignidad. Incluso me dijo que no quería alquilarme aquel asqueroso piso, lleno de fotos asquerosas de gente que no se ha preocupado por ella más de venir un par de veces al mes, buscándola.

Por eso tuve que hacerlo, hacía mucho ruido y me iban a pillar. Le di una oportunidad. Primero: dejé sus ataduras flojas y le di menos dosis de esas pastillas de color verde. Le lavé, ya incluso me dejaba que limpiara en profundidad. Se estaba acomodando.

Pero claro, cuando le dije que podía irse, no fue capaz de llegar a la puerta de la casa, la que da a las escaleras, se quedó gritando con ese sonido amortiguado por aquel trapo, agarrándose los pies.

Llorando.

Le dije que podía salir, que solamente tenía que ir a la puerta y se podía marchar. La muy asquerosa no quería ni mirarme, solo miraba sus pies descalzos y todos los trocitos de cristal, los que tenía clavados y los que estaban esparcidos hasta la entrada.

Tenía que ganárselo, soy generoso, pero no gilipollas.

Al final incluso intenté ayudarla, la acerqué a la puerta y la muy desagradecida dejó de moverse.

Una semana. Una maldita semana que estuve cuidándola. Curé sus heridas, incluso le dejé que viera a su perro, olía a muerto aquel chucho feo. Y pese a todo lo que hice por ella, simplemente lloró un poco, sin fuerzas casi, la imbécil prefirió morirse que irse de su casa.

Pero bueno, soy una persona de bien, sigo pagando el alquiler, todos los meses mando mis seiscientos euros a una cuenta, aunque creo que sigue siendo demasiado, es mucho trabajo, sacarla de casa cachito a cachito, evitar las preguntas de su familia. Incluso me han acusado de hacer algo con ella. No, señoritas, no le he hecho nada a su madre, tenemos un contrato de alquiler y yo pago religiosamente. No, señoritas, no sé donde está su madre, técnicamente, está en tres sitios, pero en ninguno, la nevera, el vertedero y una parte, un dedo, seco, dentro del bolso de la hija pequeña, esa da mucho más por culo.

Creo que tengo que mudarme de nuevo. Me pregunto con quién esta vez.

Renta A.S. Pulido

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