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A.S. Pulido
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Grietas

Sueños

Lleva treinta horas sin dormir porque lo que sueña ocurre al día siguiente.

7 min de lectura 1353 palabras

Mis ojos raspaban cada vez que los cerraba en un parpadeo rápido. Lo que me daba miedo era dormir.

Soñar.

Hacía aproximadamente treinta horas que no dormía nada. El café únicamente servía para darme temblores en las manos y la ceja: espasmos en distintos músculos.

Hice diez sentadillas más, eso me volvería a activar.

—¿Gregorio?

La señorita de la recepción me llamó. Era mi turno, por lo que me moví rápido hacia la sala donde por fin podría encontrarme con Enrique.

La sala estaba cargada de unos muebles oscuros que contrastaban con el sonido de una niña que jugaba en la sala de espera. El despacho estaba separado en tres ambientes distintos: un diván junto a una ventana sin cortinas que tenía unas vistas desde una quinta planta, un escritorio con una silla a cada lado y un sofá que amenazaba con envolverte, mullido y cómodo.

—¿Todo bien, Gregorio? Parece que lleves sin dormir días.

Su actitud cordial cambió poco a poco a una expresión más comprimida, labios apretados y ceño fruncido.

Me moví en círculos detrás de la silla que normalmente ocupaba al otro lado del escritorio con rapidez.

Sentía el corazón latir en mi frente.

—Estoy teniendo algún problemilla. Tengo pesadillas.

Enrique se sentó en su silla, el respaldo ancho y los reposabrazos acolchados parecían cómodos.

Limpié el sudor de la cara con mi mano derecha y me sequé en la parte trasera del pantalón.

—Estoy soñando siempre parecido y tengo miedo. Cada vez que duermo pasan cosas malas.

El psicólogo siempre hacía igual cuando le contaba alguno de mis problemas, me escuchaba sin juzgarme y me ayudaba a ver las cosas de forma realista. No aquella vez.

Pude notar cómo controlaba una sonrisa divertida. Cómo ponía de nuevo su profesional máscara para no hacerme sentir ridículo.

Me daba igual.

—A ver, Gregorio, llevamos ya muchos meses progresando, sabes que tiendes a obsesionarte con cosas que no son. ¿Verdad? Lo hemos trabajado bastante. Cuéntame qué ha pasado esta vez.

Respiré un par de veces.

Tres.

Exhalé con suavidad. Poco a poco.

Noté cómo el pulso se relajaba un poco y entonces me sentí con fuerzas para hablar de nuevo.

—Hace tres días soñé con una señora que coincide siempre conmigo en el autobús, una mujer que me saca algunos años, quizás incluso diez.

Enrique se acomodó bien en la silla, balanceándose de lado a lado hasta encontrar la mejor postura, mientras yo seguía sintiendo que una lija pasaba por mis ojos cada vez con más frecuencia.

Le vi sonreír brevemente.

—Soñé que le apuñalaba en el ojo. Solo una vez. Cada vez que duermo pasan cosas malas.

Enrique se levantó sin preocuparse del tiempo de la consulta.

Se acercó y puso una mano en mi hombro, obligándome a detenerme, apretando con suavidad, pero firme.

—Ya lo hemos hablado, es solo un sueño.

No pude evitarlo.

Estallé.

—¿Un sueño? Joder, la siguiente mañana un camión que llevaba material de la obra pisó un bache y una de las tuberías se salió. La mujer murió atravesada por el puto tubo mientras iba agarrada de la mano de su nieta. En el mismo jodido ojo.

La garganta me avisó de que había levantado la voz demasiado, ardía y notaba el sabor a metal en la boca.

Un par de palmadas en mi hombro, otra mano en el otro. Un discreto masaje para calmarme.

—Solo es casualidad, un sueño que por casualidad tienes la sensación de que se ha cumplido. Puede que incluso no soñaras eso y tu mente lo cambiase a posteriori. La memoria es un poco traicionera a veces, sobre todo cuando duermes mal.

Esa fue su respuesta.

Mi imaginación.

No tenía sentido, nunca iba a creerme.

—Ya me ha pasado dos veces. ¿O no te acuerdas cuando te conté lo de mi madre? Soñé que la tiraba por las escaleras y al día siguiente cuando fui a verla, se mató al resbalarse en las mismas putas escaleras.

Ya lo tenía claro cuando pasó la primera vez, lo creí real en el propio sueño.

El recuerdo me invadió sin avisar.


—Hola mamá. ¿Estás bien?

Mamá se movía despacio, la edad le pasaba factura a pesar de que eso no evitaba que se acercara como siempre que iba a visitarla.

Su mano áspera y cansada acarició mi mejilla, sus ojos se tornaron en una cálida sonrisa que me hizo sentirme bien.

—Gracias por visitarme, sol mío.

Se separó de mí y se fue directa a mi antigua habitación.

Solo había subido tres o cuatro escalones cuando lo recordé.

—Espera mamá, ya voy yo.

Se giró a medias, ofendida.

—Es mi casa, las cosas las hago yo. Como siempre las he hecho.

No pude evitar sonreír, no tenía remedio, no se le podía llevar la contraria.

Subió unos cuantos escalones más y fue casi arriba del todo cuando todo sucedió.

No le presté atención a su infantil grito.

No pensé en que iba a caer de mala forma.

Tampoco en que se haría daño.

Solo pensé que había caído exactamente de la misma forma que en mi sueño.


Aún podía escuchar aquel grito disonante.

—¡Joder!

Enrique comenzó a inspirar y expirar, haciendo aquella maldita respiración cuatro-cuatro-ocho de las narices.

—Venga, Gregorio, respira y relájate. Te prometo que puedes dormir. Lo que sueñas es un sueño. Lo que pasa en la vida real es ajeno a él.

¿Estoy loco?

Relajé los hombros.

Tenía que estarlo, era imposible que fuera real, pero una parte de mi mente seguía centrada en creérselo.

Suspiré y me senté en el sofá.

—Venga, no te preocupes, esta sesión no te la voy a cobrar, pero la condición es que duermas y vuelvas la semana que viene.

Asentí, notando cómo toda mi visión se reducía a un estrecho túnel.

Llegué a casa a duras penas y dormí más horas de las que había dormido nunca.

Soñé que llegaba el siguiente viernes. Enrique estaba hablando por teléfono, junto a la ventana.

Me acerqué con cuidado, en silencio, hasta que por fin pude oler su sudor.

Le empujé.

Desperté encharcado y con el pulso acelerado.

Solo son tonterías, un sueño es un sueño, estás condicionándote a soñar con estas tonterías.

No volví a soñar en toda la semana, incluso me notaba de buen humor.

Cuando el taxi me dejó en la calle junto al edificio disfruté de la tranquilidad que se respiraba en esa parte fuera del horario laboral.

Eché un ojo hacia la ventana de Enrique y lo vi discutiendo por teléfono.

Un escalofrío me recorrió toda la espalda.

El vello se puso de punta.

Son solo coincidencias.

Escuché el cristal romperse y el grito.

No pude mirar a Enrique.

No pude moverme después de verme a mí mismo, enseñando los dientes con una mueca desencajada en el sitio donde hacía unos segundos estaba Enrique.

Era yo.

Escuché el golpe sordo y seco.

El grito antes del golpe aún seguía retumbando en mi cabeza.

Y aún seguía mirándome en la ventana rota.

¿Era yo?

—Por Dios, llamad a una ambulancia.

El conductor del taxi se había bajado, pasó golpeándome en el hombro, mirándome para que actuase.

—No te quedes mirando, llama.

Vi algunas personas moverse con prisa, cubriéndose la cara para no ver a Enrique.

En la ventana no vi a nadie.

No me vi.

Comencé a escuchar un ruido molesto.

Un pitido que me impedía pensar con claridad.

Había una niña usando una piedra para jugar a la rayuela junto a Enrique, pasando por encima de él.

—Sácala de ahí por Dios. Saca a la niña.

Increpé al taxista mientras me acercaba.

Me miró confundido.

—¿Quién?

Una risa, dulce y saltarina, se acercó al taxista.

Parpadeé.

La niña ahora tenía mi cuerpo, pero seguía riendo como ella.

Golpeó al taxista dos veces en la cabeza con la piedra.

Tres.

Abrí de nuevo los ojos cuando alguien me zarandeó.

—Lo entiendo chico, hay que tener estómago, no hace falta que te acerques tanto, simplemente llama a la ambulancia.

El taxista me alejó de la escena.

Ahora ya no necesitaba dormir para verlos.

Ya no vi a la niña.

Nadie me creería.

Sueños A.S. Pulido

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