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A.S. Pulido
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Grietas

Carne de otra

Lleva tres días sin salir de casa y amanece con arena entre los dedos de los pies.

5 min de lectura 882 palabras

Sus pies tenían polvo. Ella no había salido de casa en tres días. Y aun así estaba segura de que su cuerpo sí que había salido.

Con paso vacilante, se acercó al baño, notaba el frío del sueño y el tacto de algunos granos de arena en sus pies. Se suponía que el suelo estaba limpio.

La luz atravesó sus ojos con fuerza inmediatamente después de darle al interruptor, no pudo evitar volver la vista atrás durante un segundo, lo suficiente hasta adaptarse a la blanca intensidad de la bombilla.

En el espejo, se vio, su cara de siempre, sus ojeras parecían maquillaje nuevo, pronunciadas y oscuras, sus labios estaban agrietados y sentía la boca pastosa.

No esperó a que el agua saliera caliente, hizo un cuenco con las manos y frotó con energía, intentando borrar los signos evidentes del cansancio acumulado.

Un mes, un mes en el que había visto poco a poco como cada vez que despertaba estaba más cansada. Había llegado a un punto que sentía pinchazos en las piernas cuando empezaba a moverse. Su cara estaba cada vez más envejecida y la noción del tiempo había desaparecido.

Al principio había sido optimista, encontraría trabajo de nuevo. Ninguna oferta de trabajo apareció entre videos de treinta segundos.

Tenía algunos ahorros, pero pronto se vería en la calle, o peor aún, teniendo que volver a casa de sus padres, eso era lo que más miedo le daba, la pérdida de autonomía, no decidir las cosas por sí misma.

Era justo por eso por lo que me escondía en cada rincón oscuro, siempre fuera de su visión, siempre pendiente para actuar sin que se diera cuenta.

Pero yo no era perfecto y no tardó en ver cosas que no encajaban.

Lo primero fue cuando vio las zapatillas, no había tenido cuidado de guardarlas correctamente.

—¿Hola? Sé que hay alguien, yo no he puesto eso así.

Guardé silencio, evitar respirar era lo mejor que podía hacer, esconderme en el rincón menos accesible para que no pudiera verme, hasta que se piense que esté loca. Sí. Eso es lo mejor.

Obviamente, estaba confiándome, era demasiado fácil aprovecharse de alguien como ella. Ya estaban los demás, sus seres queridos, para decirle que se imaginaba las cosas, que exageraba como siempre. Por suerte estoy yo, para ayudar, dar amor a una persona que no sabe dárselo a sí misma.

Tranquila mi vida, yo cuidaré de ti como si fueras mía.

El siguiente desliz que pasé por alto, fue más difícil de olvidar.

Elisa no llevaba aquel collar tan bonito, lo había encontrado en el lavabo, colocado con mimo y cuidado, algo normal, salvo porque aquel día no le había limpiado y el olor a mi sudor junto con el colgante eran demasiado evidente. Puede ver el reflejo del miedo en sus ojos, miedo de mi forma de quererte, eso duele Elisa.

Temblé cuando la policía llegó, cuando se acercaron tanto a mi que incluso pensé que iban a descubrirme. Pero tuve suerte, fui meticuloso y no encontraron nada más, nada que les llevase a mí.

Tenía que ser más cuidadoso, no aprovecharme tanto mientras ella dormía.

Bajar el ritmo.

Los siguientes días permanecí oculto, ella estaba demasiado nerviosa y no le haría bien a ella, si volvía a fallar y no tener cuidado.

Aquellas pastillas nuevas eran más fuertes. Bien, eso me ayudaba. Podría actuar sin preocuparme demasiado porque ella se despertara, podía hacer lo que quisiera con su cuerpo. Mi cuerpo.

Un par de veces me había sentido obligado a llamar su atención mientras ella estaba despierta, cosas como dar la vuelta a la taza de café y que todo se quedase hecho un cristo, eran una buena opción si notaba que sus acciones se comenzaban a disociar, por más que intentara todo, ella siempre continuaba cayendo en picado.

Yo solo quería que ella se apreciase tanto como yo lo hacía, que se preocupara por su salud, que no llegara a hacer ninguna tontería.

Cada vez me costaba más trabajo.

Al final, como todas las cosas que tratan de llevar más peso del que deberían, fallé, fui descubierto mientras jugaba con su cuerpo.

Debían de ser las dos de la mañana, Elisa se había medicado, como siempre, había caído en redondo, dormida.

Esa era mi señal.

Lo primero que hice fue desvestirla. Manchar la ropa no era una opción. Quité su cadena del cuello, el reloj inteligente y aquella pulsera. Deje todo en el baño, todo bien ordenado para no volver a dejarme nada.

Lo primero era entrar en calor. Hice que sus piernas se movieran con rapidez, apartando el pelo de la cara para evitar ese cosquilleo tan molesto.

Siempre lo hacía igual. De abajo arriba.

Eran posturas complicadas, cansaban mucho en esas condiciones. Demasiada comida a domicilio, tenía que intentar que se cuidara más. Por salud. Solo quería que ella se apreciase tanto como yo lo hacía.

Y fue allí, en mitad de mi sesión de cada noche, cuando ella despertó.

Desnuda.

En el salón.

Con la tele encendida mientras la sesión de yoga continuaba.

Me interrumpió haciendo aquello para lo que yo existía.

Cuidarla.

Fue ahí cuando Elisa conoció a la otra persona que vivía en su cabeza.

Fue por eso que aquel psiquiatra cambió las pastillas.

Fue así como morí.

Carne de otra A.S. Pulido

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