El contrato tenía treinta y siete páginas. Cada vez que lo abría, tenía treinta y ocho. Incluso podría jurar que el contenido también cambiaba.
Lo único que tengo claro es que llevan tres años pagándome, y muy bien además.
Por otra parte, no tengo ni idea de qué hago en el trabajo. Cada día, cuando llego a casa, no recuerdo nada.
—Venga cariño, solo estás cansado. ¿Quieres que te haga de cenar lasaña? Tu favorita.
Aquella mujer se había casado conmigo. Una hermosa mujer que se llamaba Laura, lo que más me gusta es ese lunar que la hace parecer tan única. Obviamente, también me gusta lo amable, inteligente y decidida que es.
—¿Boloñesa? —sonreí—. Me consientes demasiado.
Con un liviano salto, ella se acercó lo justo para darme un beso. El olor a rosas de su perfume hizo que cerrara los ojos, era el olor a hogar.
—Mientras tanto, puedes ir a descansar al sofá, creo que ahora echan tu programa favorito.
Aquel programa de preguntas era fascinante, siempre aprendía algo interesante. Algo que no servía para nada, pero interesante.
Vi el reflejo de su pelo oscuro justo cuando me abrazó y besó mi mejilla.
—Venga, a cenar.
Aquellos ojos marrones me volvían loco.
Tras cenar aquella maravillosa lasaña, me duché y fui a dormir. Mañana me tocaba madrugar para hacer algo.
Bebí mi café, besé a mi esposa en la frente mientras aún dormía y me monté en el coche. El GPS me decía adónde tenía que ir, solo tenía que darle al botón de confirmar y llegaría al sitio de trabajo.
Fue en el momento en el que crucé la valla de seguridad, cuando volví a mirar en el GPS.
—Menos mal, está guardada la dirección de casa.
Más tranquilo, continué con ganas de saber qué me depararía este primer día de trabajo.
—Bienvenido a Industrias Re-Mem. Mi nombre es Carmen.
Era una muchacha muy guapa y agradable, me resultaba familiar, aunque tenía unas facciones bastante comunes.
—Para empezar, lo primero que debemos hacer es un análisis médico. En Industrias Re-Mem nos preocupa mucho la salud de todos nuestros empleados.
El día completo fue de pruebas médicas, una suerte, ya que justo ese día no recordaba qué era lo que se suponía que tenía que hacer allí. Para cuando terminé las pruebas médicas ya era la hora de volver a casa.
Me subí en el coche y en la pantalla del GPS señalé como destino: casa.
El sol me deslumbró por un instante y bajé la visera del conductor. Un papel cayó.
Estaba anotado con mi letra: lunar, párpado y cicatriz. El párpado estaba tachado.
No recordaba cuándo lo había escrito y no tenía ningún sentido. Lo coloqué en su sitio con cuidado y comencé a conducir a casa; tenía bastante hambre.
Cuando llegué, fui directo a sentarme en la pequeña barra de la cocina americana.
—Hola cariño.
Allí estaba ella, el motivo de todas mis alegrías. Apareció con el reflejo dorado de su pelo, mirándome fijamente con esos ojos verdes y aquella cicatriz en la ceja.
Ana, el motivo de mi vida, el motivo de que no tuviera penas.
Fue entonces cuando recordé el lunar de Carmen.
Recordé a Laura.