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A.S. Pulido
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Grietas

La mano incorrecta

Un reloj caro en la muñeca equivocada basta para saber que ese hombre miente.

4 min de lectura 739 palabras

El amargor de la bebida despejó mi mente con rapidez mientras él seguía mirándome con la sangre fresca aún en las manos. Sus ojos no hacían nada por esquivar los míos. La había matado y no le debía de importar.

Ese no era mi caso, yo estaba cortejando a esa mujer desde hacía varias lunas y por su culpa ahora todo ese esfuerzo había sido en vano.

—¿Estás satisfecho?

Mi pregunta únicamente recibió una sonrisa y un encogimiento de hombros como respuesta.

—No te conozco lo suficiente como para perdonarlo: era una mujer muy agradable.

No tenía sentido continuar tratando con semejante salvaje, alguien que golpea a una mujer así no merece mi tiempo, menos aún una persona que parecía tan indiferente ante los hechos, riéndose de aquella forma que reverberaba en la sala. La misma sala en la que seguía el cuerpo; a su lado podía ver perfectamente esos zapatos verdes tan bonitos que mostraban con sutileza su hermosa piel, cuidada y perfecta.

Los mismos zapatos que llevaba cuando nos cruzamos por primera vez. Lo que me gustó de ella no fue su rostro perfecto y pálido, fue su sonrisa, sus dientes blancos escondidos tras sus rojos labios. Su perfume, dulce como la miel.

Todo eso había caído a la nada, quería golpear a ese hombre con aire de superioridad, pero aún me temblaban las piernas, incapaces de asumir lo que con esfuerzo trataba de no ver: la sangre en sus nudillos, aquel reloj de su mano derecha y sobre todo aquella expresión tranquila. La sangre y el rostro me molestaban por el contexto, acababa de robar una vida, un futuro y no le importaba, estaba calmado y sintiéndose superior, como si se tratase de un caballero de alta clase. Esto último hacía que me molestara ese reloj de aspecto caro que llevaba en la mano incorrecta.

Estaba claro que era un impostor.

Alcé mi mano izquierda y vi la hora, las doce menos cuarto de la noche. ¿Cuándo la había matado?

— Avisaré a la policía. Le denunciaré, caballero, y caerá sobre usted todo el peso de la ley.

Asintió. Estaba loco, eso era lo que más me aterraba de aquel sujeto, daba la impresión de tener todo bajo control. No se había molestado en hablar, en mentir o excusarse. Solo asentía ante mi acusación, reírse y encogerse de hombros.

Respiré profundamente. Otra vez. Con la dificultad de alguien que lleva tiempo sin andar logré ponerme en pie, lento mientras él continuaba sentado.

—No te tengo miedo, sé defenderme y te prometo que pagarás por lo que has hecho.

Di un último trago al whisky que quedaba en el vaso, manteniendo el contacto visual, vigilando que no se acercara, manteniendo el espacio.

Llené mis pulmones de aire y me preparé.

Él debía de intuir algo, se levantó despacio y movió los labios, lentamente y de forma errática.

—No mientas, has sido tú.

El vaso salió despedido de mi mano, en su dirección.

Era el momento de correr, puse todo mi empeño en ello y mi suerte desapareció.

Primero llegó el ruido del cristal rompiéndose, el vaso hizo mucho más ruido del que esperaba, una cascada de cristales cayó al suelo, y en cada fragmento quedó atrapado un pedazo del techo iluminado mal iluminado.

Tropecé con algo que no quise mirar, y mientras el suelo se acercaba a mi cara vi girar uno de aquellos zapatos verdes.

Un olor dulce llegó como el aroma de una enorme flor con un largo tallo de tacto frío y color pálido, verdes hojas justo al final, formando una hermosa planta. La flor de pétalos castaños, vestida de azul y salpicada del vivo rojo que anuncia la pasión.

Se marchitaba en cada segundo, junto al resto de la botella de cristal, ya vacía, que aún conservaba rastros del mismo color que aquellos labios que escondían el blanco marfil.

Un movimiento me sacó de mi trance, aquel individuo estaba cerca de mí.

Muchos de ellos, mirándome desde el suelo. Salí arrastrándome de allí, pero todos se movieron conmigo, no sería el siguiente, tenía que avisar a la policía.

Resbalaba.

Frío.

Sentía el corazón latir.

Borroso.

Volví a caer al cálido suelo.

De alguna forma, aquel individuo lo había conseguido. Había sembrado el suelo de finas cuchillas, haciendo que recordara el color de los pétalos de aquella flor, recordando aquella sonrisa que me enamoró esa misma mañana. Con aquel recuerdo todo se volvió negro.

La mano incorrecta A.S. Pulido

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