Secretos
Si el niño nuevo quiere amigos, tiene que meterse dentro del bidón.
No me gustaba.
No quería.
Todos me habían presionado para hacerlo. Yo sabía que era mala idea.
—Venga, Ramón, métete ahí.
No pude negarme, no sabía por qué, pero cada día me sentía más obligado.
Mi cuerpo se golpeaba mientras todo giraba en la oscuridad. Todo el metal resonaba dentro de mi cabeza y mi espalda con cada golpe.
—Mirad, lo de hoy está chulísimo.
Las risas del resto de niños se filtraban entre el estruendo del bidón mientras yo rodaba dentro de él.
Carlos siempre tenía ideas de ese estilo. Ideas que gustaban a todos menos a mí.
Le había dicho que no me gustaba ser yo siempre el que sufría, pero todos los niños se escudaban en que yo era el nuevo.
Aquel día tardé más en volver. Esperé a que el suelo dejara de moverse, a que todos se cansaran de aguardar para verme tropezar. Solo entonces volví a casa.
La nave abandonada donde jugábamos olía a aceite y óxido. Mi ropa estaba llena de tierra y polvo, mi pantalón estaba mojado de lo que fuera que quedaba en aquel barril.
—¿Pero qué has estado haciendo?
Las manos de mamá sacudieron la suciedad de la ropa con energía. Estaba a punto de regañarme, lo supe por sus labios apretados y la velocidad con la que me sacudía.
—Perdona mamá, estábamos jugando y me he manchado.
La cara de mamá se iluminó al tiempo que detuvo su ligera golpiza.
—¿Tienes ya amigos?
Sus ojos resplandecieron, iluminaron su cara y su sonrisa.
Asentí.
Con delicadeza, acarició mi mejilla y revolvió mi pelo con la otra mano.
—Menos mal, me preocupaba que no encontraras amigos después de mudarnos. Ve a bañarte, esta noche te prepararé algo rico de cenar.
Me bañé pensando en lo poco que me gustaban mis nuevos amigos, cada día tenía a papá y mamá insistiéndome en que hiciera migas con los niños de allí, que no podía quedarme en casa para siempre.
Yo solo quería a mis compañeros de antes, con los que jugaba a juegos de mesa y contaba chistes, esos niños que para mí ya eran hermanos.
Los encontré lanzando piedras a un agujero en el suelo, contando cuánto tiempo tardaba en escucharse caer la piedra en el fondo. No me sentí cómodo, yo prefería jugar tranquilo, pero mamá y papá insistían mucho.
Así es como había conocido a Carlos y al resto.
Así fue como empezó todo.
Mis padres estuvieron muy contentos desde entonces. Al menos, hasta el día en que Carlos señaló al pozo.
Fue el último día que me vieron.
Por más que grité, nadie me escuchó.
Por suerte después de un tiempo dejó de dolerme el brazo.
También dejó de hacer frío.
Ahora era invisible.