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A.S. Pulido
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Puertas adentro

La dieta de mi madre

Su madre no prueba bocado desde hace días y cada mañana tiene mejor aspecto.

4 min de lectura 705 palabras

Mamá comió bien esa noche. Yo no recordaba haber cocinado.

Solo hacía dos días que había vuelto a casa para cuidarla y el cambio ya era evidente. Donde antes solo se veía a alguien mayor y débil, ahora se podía ver una chispa de vitalidad que antes no estaba. Ya ni siquiera hablaba.

—Venga, Mamá, tienes que comer algo.

La sopa humeaba con el aroma de la merluza mientras sostenía el plato en mi regazo y mantenía la cuchara llena junto a su boca.

No había comido absolutamente nada desde que había llegado, ni siquiera había bebido. Pero estaba mejor.

Sus ojos negros me miraban, desafiándome con aquella lucidez de una mente que ya no funcionaba bien. Se sentía extraño mirarla, su mirada siempre había sido agradable, pero desde que enfermó todo había cambiado.

—Mamá, por favor.

La única opción que me quedaba era la de forzarla a comer.

Con una calma que no tenía, dejé el plato en la mesa. Sentí el hormigueo cuando la base golpeó y la cerámica resonó. Pasé el brazo por detrás de su cuello y la retuve para que no se moviera. Cuando forcé su boca a abrirse no pude evitarlo y me separé.

El olor a descomposición golpeó con fuerza y mi estómago cedió ante lo que trató de salir. Me giré rápido y traté de no vomitarle encima.

No paré hasta que mi estómago quedó vacío por completo, y aun cuando terminé, aquel olor desagradable continuaba atrapado en mi nariz.

—Perdón, Mamá, no te preocupes, es normal.

Mi espalda se contrajo con un escalofrío, provocado por la expresión, aquella cosa que me miraba, demasiado rígida. Sentada en la cama de la misma forma que antes, pero con esa mirada. Con la boca aún entreabierta en una desagradable sonrisa que había muerto a mitad de camino.

Tardé un par de segundos en recordar que aquello era mi madre. Aunque no pude volver a mirarla de nuevo, no mientras aquella sensación siguiera recorriendo mi piel y haciendo que todo el pelo se pusiera de punta.

—Voy a recoger esto. Luego intentaré que comas algo de nuevo.

Vomité otra vez después de salir de la habitación, esta vez sin nadie observando, aunque con el olor acompañándome.

Me tumbé un poco hasta que se me pasara el mareo por el esfuerzo de vaciarme por completo y ahí fue cuando me di cuenta de lo cansada que estaba.

Supe que estaba dormida cuando vi a mi madre, joven de nuevo, jugando conmigo en el parque. El columpio me movía a toda velocidad y yo reía a pleno pulmón. Se olían desde lejos las rosas del jardín que rodeaba el parque y se escuchaban las risas de los niños que jugaban cerca.

Mamá sonreía cada vez que me empujaba.

Más alto.

Más.

Hasta que las mariposas hacían cosquillas en mi barriga en cada subida.

Hasta que al girarme vi de nuevo aquella expresión desagradable en aquel cuerpo marchito. El olor me despertó.

El sudor marcaba el contorno de mi cuerpo, sentía cómo cada una de las diminutas gotas corrían por cada centímetro de mi cara.

Cogí aire para serenarme y pude notar cómo los trozos de polvo secaban mi boca y el olor pestilente me llenaba desde dentro.

Al girarme para vomitar todo se detuvo.

—¿Mamá?

Me sentí frágil y cansada, pero no tuve duda de que aquella ya no era mi madre.

El sonido que salió de sus labios no era un sonido hecho por una persona, era el sonido de las ramas al agitarse en mitad de una tormenta, las hojas arrastradas en mitad de un bosque en silencio. El sonido de lo que queda cuando ya no hay nada.

Me sentí aletargada y noté cómo mi cuerpo caía hacia la oscuridad.

Al despertar pude ver a mi madre, un pellejo que decoraba el suelo, un cascarón vacío.

Un reflejo me mostró mi cuerpo, pero no pude fijarme en él.

Aquel gesto, ahora mío. Aquel olor que ahora era yo.

Noté cómo junto a mí, habitando aquel cuerpo, Mamá lloraba, aterrada por un error que había reconocido.

—Lo siento.

Su voz me recordó a la de aquella mujer que cuidaba de la yaya, la voz que fue antes de quedar agotada.

La dieta de mi madre A.S. Pulido

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