Saltar al contenido
A.S. Pulido
MenúCerrar
Puertas adentro

Buena madre

Mamá baja cada día con la comida y con un cuento del mundo de fuera.

5 min de lectura 859 palabras

Mamá siempre decía que el mundo de fuera era demasiado peligroso para nosotros. Tenía razón, nunca lo habíamos comprobado.

Cada día la veía bajar las escaleras con dificultad, aunque siempre con una sonrisa. Nos traía a nuestra habitación la comida y siempre se quedaba a contarnos un cuento. Mi hermano Zacarías no era muy hablador, por lo que yo siempre agradecía aquellas historias.

—Hola, mamá.

Mi voz resonó quebrada con aquel susurro que rebotaba en cada oscuro rincón de la habitación.

Ella me dedicó una sonrisa que me llenó el corazón.

—Hola Indalecio, veo que tu hermano no tiene mucha hambre.

Zacarías estaba tumbado en posición fetal, durmiendo.

—Es un aburrido. Cuéntame alguna de tus historias mamá. Alguna del mundo de fuera.

Madre dejó la bandeja en el suelo, a un par de pasos de mí. Su expresión se volvió más afilada.

—Hoy no, cariño, no tengo tiempo.

Su mano acarició mis mejillas, provocando un sonido áspero.

Otra vez igual.

Ahora se marcharía, como siempre que le pedía algo.

—Tengo que irme.

Guardé silencio mientras ella salía con aquel paso tambaleante mientras se llevaba el cubo con lo único nuestro que podía salir de allí.

—¡Zacarias!

Zarandeé con cuidado a mi hermano hasta que emitió una leve queja.

—Ya se ha ido. Ha traído comida y tú la necesitas más, tienes mala cara.

Mi hermano estaba así por culpa del exterior, desde que había logrado salir de la casa, vivía sumido entre sueños revueltos y sudor constante.

Con extrema dificultad, se acercó a la bandeja y comenzó a comer. En aquella posición se veía perfectamente la herida en su espalda.

—Sigo pensando que no fue buena idea.

Un discreto gruñido fue lo único que emitió por respuesta.

Él siempre había sido más impulsivo, desde que éramos más pequeños. Una vez, cuando yo tenía quince años y el trece, se salvó de una muerte segura cuando papá le pilló con medio cuerpo fuera de la ventana. Habría muerto, pero papá le salvó.

Fue desde ese momento que él dejó de hablar tanto. ¿Que clase de monstruos hay fuera para que justo él tenga tanto miedo?

Había pasado algo de tiempo entre el ahora y aquel recuerdo, un tiempo difícil de medir.

—Echo de menos a Dani.

Un golpe brusco resonó en el suelo cuando Zacarías lanzó el bol.

—¡Cállate! No haces nada, solo miras. En todos estos años no has hecho nada por salir fuera.

En eso tenía razón. Asentí despacio y dejé que continuara, llevaba años sin hablar tanto.

—Y no somos hermanos.

Sentí la punzada de dolor atravesándome el estómago, aquellas palabras dolían mucho más que el silencio.

—Muy bien, si tú no me ves así, no pasa nada.

Zacarías se revolvió hacia mi y me agarró del cuello de lo que un día fue la camiseta.

—Hablas de Dani como si te importara, pero no recuerdo que hicieras nada por ayudarla.

El recuerdo volvió sin permiso. Los gritos de auxilio resonaron en mi cabeza. Incluso si miraba en aquella mancha del suelo, podía recordar sus ojos mirándome entre lágrimas. Los ojos que se rindieron cuando papa le castigó por portarse mal.

Recuerdo su cara apretada con el suelo, aquel movimiento rítmico mientras papá le enseñaba a comportarse.

Zacarías continuó hablando, pero yo solo podía ver aquel recuerdo como si estuviese pasando en ese mismo instante. Solo podia escuchar como aquellos ojos se iban callando hasta que fui yo quien se sintio observado en silencio.

—No hiciste nada en ninguna de las veces que él vino a hacerle todo «eso» cada semana. Durante años solo miraste.

La primera vez que la vi pensé que era una niña muy guapa, debía de tener mi edad. Podía oler el castaño de su pelo, el sudor y aquellos ojos verdes que seguían mirándome.

Al principio se apoyaba mucho en mí. Los primeros años fueron duros para los tres, pero fue cuando ella comenzó a engordar cuando se la llevaron por robar comida.

Fue la última vez que la vi.

—Yo quería a Dani tanto como a ti.

Zacarías escupió al suelo, junto a mis pies.

—Tú estás tan loco como ellos.

Él era el impulsivo. Eso fue lo que me sorprendió. Más que la primera vez que vi toda esa carne en el pecho de Dani.

No lo noté hasta que algo caliente cayó en mi cara, salpicando. Vi el rojo abriéndose camino por el suelo de cemento.

—Perdón, no quería hacerte daño.

Solté la bandeja sin forma y la dejé en el suelo. Pero sus ojos ya no brillaban.

Hablé con él durante horas, pidiéndole perdón. Pero no se dignó a contestarme de nuevo.

Mi trabajo era cuidar de él, por eso continué acariciándole el pelo hasta que volví a escuchar los pasos por la escalera.

Se encendió la luz.

—¿Qué ha pasado?

Mamá venia con alguien.

—Ha sido sin querer mamá.

Note aquellas arrugadas manos peinando mi barba, siempre hacia eso, acariciaba únicamente las partes grises, como si jugara.

—Te presento a tu nueva hermana: Marta.

La niña debía de tener ocho años, se escondía tímida tras mamá.

Sonreí.

—Hola, hermanita, este es tu otro hermano, Zacarías.

No contestó.

Buena madre A.S. Pulido

Si has llegado hasta aquí, te aviso del siguiente.

Un relato nuevo al mes, a veces dos. El alta está en Substack: te llevará un clic y una pestaña nueva.

Suscripción

Suscribirse en Substack (se abre en una pestaña nueva)

Sin spam. Baja en un clic.