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A.S. Pulido
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Puertas adentro

Quince minutos

A las once ya lo tiene todo hecho y enciende la radio para no estar sola.

4 min de lectura 647 palabras

Ya lo tenía todo hecho y no eran ni las once. Las manecillas del reloj se movían despacio mientras Marta encendía la radio y se quedaba sentada en el sofá.

Francisco, su marido, se marchaba cada día a trabajar antes de que el sol saliera. Marta le acompañaba en el desayuno; era el único momento del día que tenían tranquilos para los dos, el momento que él utilizaba para desayunar mientras ella le organizaba la bolsa del almuerzo. Esos eran sus quince minutos de lunes a viernes.

Después llegaba el momento de preparar al pequeño Miguel y a la casi grande María, arrastrarlos para que se preparasen y pudieran llegar a tiempo a coger el autobús. Los niños también necesitaban llevarse almuerzo.

Cada mañana de cada día era igual. Justamente eso provocaba una mezcla extraña de sentimientos.

Por un lado, disfrutaba de la paz después del caos, se deleitaba con el tiempo que pasaba sola cuidando de la casa hasta que llegaba la hora de la cena. Una pesada paz que se apropiaba del tiempo que le pertenecía y lo empleaba en atormentarle.

Por otro lado, cada segundo notaba cómo una cuerda invisible se retorcía contra su cuello y poco a poco le estrangulaba.

Había probado multitud de aficiones en las que mantenerse ocupada.

Las plantas se secaron antes de que pasase una semana. El ganchillo le había durado más, incluso lo había disfrutado mientras tejía la chaqueta. Había comprado revistas de patrones y se había propuesto regalar por Navidad una prenda a cada uno, quitándose horas de sueño para llegar a tiempo. El resultado de su ilusión al regalar fue simplemente decepcionante.

—No me pongo esto ni muerta.

Fueron las palabras de gratitud de su hija mientras contraía la cara en una mueca deforme y desechaba la blusa que tanto esfuerzo le había costado tejer.

—Yo quería unos guantes de portero, esto no vale para nada.

Al menos el niño sí se los había probado, aunque no parecía nada contento.

Francisco no apartó la mirada de la televisión.

Ni siquiera abrió el regalo. Lanzó un ruido que se encontraba en un rango de entre asentimiento, gracias y un perro que se queja de que hace calor.

Una semana más tarde encontró el mejor pasatiempo.

La radio.

Por un momento se sentía acompañada.

Y por supuesto, nada como beber en compañía.

Cada mañana duraba desde que comenzaba el primer programa hasta que los niños llegaban de la escuela.

Cada trago aflojaba la cuerda que le impedía respirar, pero solo hasta que llegaban los niños. Para ellos, mamá solo escuchaba la radio y trabajaba tanto en casa que casi no tenía fuerzas ni de andar.

Hacer la compra se había transformado en dividirse entre tiendas. El estómago sufría con cada cosa que echaba en la cesta, era importante no echar demasiado vino en el mismo sitio.

Eso está feo.

Lo más inteligente era hacer un par de compras, repartir la carga. ¿Qué pensaría la gente del barrio si se enterara de que me dedico a escuchar la radio toda la mañana?

Al menos eso fue así al principio.

—De verdad, este hombre solo quiere beber cuando llega a casa.

Esa era la frase que salía de su boca a la dependienta cuando dejaba en la cinta el vino y la cerveza.

—La cerveza no es whisky. De pequeña me daban un trago de vino si hacía frío.

Era la respuesta que daba cuando su hija le pedía que dejara de beber. Cuando se caía y decía que no era por ir borracha, que estaba mareada.

Las mañanas comenzaron cada vez más tarde.

Los niños dejaron de importar.

Ya ni siquiera ponía la radio.

Y se dio cuenta de que era tarde, cuando dejó de inventarse excusas.

Miguel creció como una planta, a base de un riego que nadie quiso darle. Y donde antes había amor, creció el miedo.

Quince minutos A.S. Pulido

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