Reformas
Levanta un tabique en casa de su madre y una cría llama al timbre a deshora.
Cuando sonó el timbre me sobresalté: no esperaba visita.
Dejé la paleta dentro de la espuerta. El cemento estaba recién hecho, por lo que debería de aguantar un rato. Utilicé aquel trapo manchado para retirar el material de las manos, dentro de lo posible.
Dos adolescentes se encontraban al otro lado de la puerta, discutiendo en voz baja mientras esperaban a que abriese.
Abrí con intención de despacharlos: no me interesaba nada y tenía que seguir trabajando. Llevaba semanas retocando aquel tabique y tenía ganas de poder descansar.
—Hola. No, no me interesa nada.
Bien, había sido rápido, el cemento no se echaría a perder.
—Pero señor, no nos ha dejado decir nada.
La chica tenía una voz melosa y una sonrisa pícara: ese fue el problema. Ahí fue donde supe que el cemento se secaría antes de tiempo.
Mierda.
—Verá, señor, estamos organizando un viaje de estudios, hacemos una recolecta para reunir fondos para poder cubrir parte del gasto. Vendemos chocolatinas deliciosas a un precio barato.
Odiaba el chocolate.
Tenía los ojos grandes y verdes. Sus pestañas eran demasiado largas para ser naturales, pero no parecían llevar nada. Un grano reventado adornaba su mejilla, sin disimulo, eso fue lo más bonito de ella. Le daba igual su aspecto, aunque sí que había dedicado tiempo a vestirse y adornarse de otra forma, unos pantalones vaqueros cortos, demasiado cortos y una blusa blanca aireada. En la muñeca tenía multitud de pulseras de hilo superpuestas y enredadas. Las uñas, pintadas de color verde claro.
Su boca se insinuaba en una sonrisa mezcla dulce y mezcla ácida. Podía ver cómo, sin mover los labios, dibujaba palabras. Podía ver qué palabras pensaba.
—Hueles mal, estás sucio y la casa huele a humedad.
—¿Le interesa?
El muchacho tenía un bigote que parecía una burla a los bigotes. Jugueteaba con las manos, retorciéndolas de forma obsesiva al tiempo que parecía arrepentirse de haber abierto la boca.
Una puta camiseta de dibujos animados. Un crío.
—Chicos, lo siento de verdad, pero el cemento se me seca y tengo mucho trabajo que hacer, no me gusta el chocolate.
El muchacho dejó caer los brazos a los lados y comenzó a suspirar.
—No vamos a vender una mierda, Ely.
Un gallo le salió al terminar la frase, mientras asentía y ponía rumbo a la siguiente puerta.
Pero Ely no.
Ely se quedó mirándome.
Ely me lo enseñó, me habló sin pronunciar palabras, solo con un ligero gesto del labio, uno de los laterales subido levemente en una mueca de suficiencia.
—Gracias, hasta luego.
Pero dijo mucho más que eso, lo había leído en su mirada.
—Puto cerdo asqueroso, nadie te quiere, nadie te va a querer.
Conté los pasos que dio antes de girarse sobre sí misma para mirarme una vez más.
Un brillo en su mirada.
Un tirón hacia arriba de la comisura de su labio.
Se quedó mirando hacia mí, hasta que cerré la puerta con un escalofrío.
Volví rápido a revisar el cemento. Llevaba un mes levantando el tabique; una semana antes de eso, había tirado la pared. Era una casa vieja y necesitaba reformas, pero con lo único que podía invertir en ella era mi tiempo. Demasiado últimamente.
La casa era de mis padres, papá murió joven, pero mamá aún seguía conmigo: se pasaba el día en la cocina.
—Hueles mal.
Puta niña, haciéndome sentir mal por trabajar el tiempo libre que tenía para estar en mi casa y descansar.
En cuanto terminé de enfoscar la pared me masajeé la espalda. La edad no aportaba mucho más aparte de dolores constantes.
Me lavé, encendí la tele y me dejé caer en el sofá, dispuesto a disfrutar un rato en casa, solo.
Cuando sonó el timbre eran las ocho y media de la tarde. Me puse las zapatillas y dando arrastrados pasos me acerqué a la puerta con cierta reticencia. Miré por la mirilla.
Ely.
La ignoré, sin hacer ruido, sin moverme. Sin quitar el ojo de la mirilla.
Volvió a tocar.
No eran horas, pero allí estaba ella, presionando para venderme una maldita chocolatina para su estúpido viaje.
Ely tenía una sudadera puesta encima de lo que seguramente sería la misma ropa de esa tarde.
Volvió a tocar.
Abrí con un poco más de energía de la que realmente tenía.
—¿Qué no has entendido de que no quiero nada?
Mi voz sonó con fuerza, autoritaria. Era mi casa, no iba a permitir que vinieran a molestarme.
Y entonces, como una brisa que se cuela por esa rendija que no se ve del todo, Ely entró en casa, colándose por el hueco que quedaba entre mi pecho y el brazo que sostenía la puerta.
—Shhh. No querrás que me vean entrar, ¿no?
Ely empujó la puerta mientras yo no podía hacer otra cosa que intentar cerrar mi boca.
Giró la cabeza y me miró por encima del hombro.
Unas pecas decoraban su nariz, haciendo que su mirada de color verde se sintiera como un gato que arrincona a su presa.
No supe qué decir.
—Verás, he pensado que, ya que el plazo de pago para el viaje de estudios termina mañana, quizás —Ely se acercaba cada vez más a mí, agarrándome con cuidado de la camiseta medio rota que llevaba puesta—, y solo quizás, me echarías una mano para llegar: me faltan cien euros.
Antes de darme cuenta me encontraba contra la pared, acorralado por una niña que debía de pesar la mitad que yo.
—Tengo otras amigas que me han recomendado esto, dicen que es lo más fácil. —Hizo un pequeño mohín con la nariz—. Huele raro aquí.
Y entonces pasó.
Pasó de nuevo.
Escuché la voz de mamá.
—Si tu padre te viera, se moriría de la vergüenza.
Escuché a mi prima Isa.
—Tienes la casa hecha una mierda, espabila, tu madre desapareció hace ya tiempo, eres un adulto.
Así que tuve que volver a hacerlo.
—Espera, pasa primero, aquí las paredes oyen.
Ely sonrió de forma exagerada. Tenía muchas ganas de hacer ese viaje. Y yo tendría que rehacer el tabique.
Dio un pequeño salto de alegría mientras me seguía.
—Por fin, podré ir a París. Siempre quise ver la torre Eiffel.
Un mes después de aquello Ely pudo ver lo que quería.
La pared había quedado perfecta, renovada.
Incluso quedaba bien aquel cuadro.
No entendía cómo la gente se moría de ganas por ver ese cacharro de hierro.
Aunque debía reconocer que era bonito para decorar su nueva pared.
—Espero que a mi prima también le gusten las vistas.