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A.S. Pulido
Puertas adentro

Querido

Una reseña firmada con su nombre, en un restaurante que ella no ha pisado nunca.

4 min de lectura 621 palabras

Según la reseña, ya había visitado ese restaurante.

No lo recordaba.

El sofá de casa era incómodo, mejor para aparentar que para descansar.

—No sé decirte, Carmen, te juro que no he estado ahí.

Aquella voz en mi cabeza volvió a aparecer, esta vez con más intensidad. Ya no era un olor, no tenía nada que ver con que trabajara un sábado.

—Perdón, vi de casualidad que habías puesto una reseña y quería preguntarte. Según he visto, es un buen sitio para un aniversario. Decías que las mesas del fondo eran muy discretas.

Levanté la cabeza y la miré fijamente a los ojos. No podía dejar que algo así me afectara. Ella parecía disfrutar con el tema.

Golpeé el cojín con cuidado para que quedara perfecto y lo coloqué justo donde debía estar.

—Ahora que lo dices, me suena de algo, pero es que mi memoria no es demasiado buena últimamente, cada vez me parezco más a mi madre.

Carmen se tapó la boca y emitió aquella risa falsa que me ponía los pelos de punta. Me recordaba a un ratón atrapado en el cartón con pegamento. Seguro que ella solo era una enorme rata.

Hice girar el anillo en el dedo hasta centrar el dibujo en relieve.

Perfecto.

—No te preocupes, te entiendo, hay veces que me paso con el vino en la cena.

Otra vez aquel sonido, el tic tac de un reloj dentro de mi cabeza.

Carmen no dejó de hablar durante casi una hora.

No presté atención.

Solo podía pensar en aquella reseña. A mi nombre.

—Uy, qué tarde es, tengo que ir a casa, los niños ya han llegado de sus extraescolares.

Asentí, como si me importase algo de aquella mujer.

Coloqué la tira del vestido hasta que me sentí satisfecha con la simetría entre ambos lados.

—Uf, niños, una bendición, dicen.

Me despedí de Carmen como procedía, no demasiado afectuosa, no demasiado formal, no demasiado contenta de que se marchara ya.

Fui hasta el vestidor, me puse el pijama y los pendientes a juego con el collar, no eran algo excesivamente caro, pero eran los que llevaba cuando nos casamos.

El collar fue el regalo de mi suegra, los pendientes fueron cosa de mi cuñada.

Una forma de contentarme antes de que me pudiera arrepentir de Roberto.

Escuché la puerta y me senté en la cama.

Crucé las piernas cuando el sonido de sus pasos se acercó, la zapatilla amenazó con caerse.

—Hola, cariño.

No se molestó en esperar respuesta.

No me miró.

Vi la corbata y la recogí, la dejé guardada en el bolsillo del pijama y no hice más que seguirle con la mirada hasta que se desnudó y se metió en la cama.

Apagó la luz.

Entré en la cama con cuidado. Abrí el nórdico evitando que quedase arrugado e introduje ambas piernas dentro de la cama.

Me pegué a él y esperé hasta que su respiración fue más pausada, más larga y profunda. Hasta que la voz de mi cabeza emitió aquel sonido rítmico.

Con cuidado abrí el nudo de la corbata y se la coloqué al cuello.

Entonces apreté despacio, procurando que el nudo se mantuviera perfecto.

Más fuerte, hasta que se despertó y no pudo hablar.

Con la luz del exterior fue suficiente, un ojo más abierto que otro, el labio asimétrico.

Una vergüenza.

—Me da igual que te folles a otra, pero no se te ocurra volver a utilizar mi cuenta para nada.

Me di la vuelta y cerré los ojos para descansar por fin.

A mi lado, Roberto respiraba con dificultad, sentado en la cama.

Fue la última vez que utilizó mi cuenta para dejar una reseña, pero no fue la última vez que vio a otra.

Querido A.S. Pulido

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