Plañidera
Las lágrimas son la parte fácil de su trabajo; los gritos, la que más disfruta.
Me contrataron un lunes para llorar a un hombre que murió el viernes.
No lo conocía, pero no me costó extraer lo que llevaba dentro. Las lágrimas eran la parte fácil de mi trabajo. Lo que costaba era abrir esa compuerta de sentimientos que hacía que la gente pagara con gusto.
Para las lágrimas, recordaba a mi perrito Bon. Había sido mi amigo cuando era una niña y me recordaba el inicio de una vida ligada a la muerte.
El llanto lo sacaba recordando a mamá el día que papá murió, yo aún no comprendía bien qué había pasado, pero ella no podía hacer otra cosa que llorar con aquel sonido interrumpido abruptamente, una melodía sin forma definida.
Y la parte que más me gustaba de mi trabajo: los gritos. Unos buenos gritos hacen que el difunto llegue bien al más allá.
Por eso soy la mejor en mi trabajo, engaño a la misma muerte con mi actuación.
Mi clienta no podía dejar de mirarme aquella mañana en el velatorio, el cuerpo maquillado de su marido yacía tumbado en el ataúd, expuesto como si de un premio se tratase. El resto de familiares me daban el pésame, pensando algunos incluso que yo era alguien para él.
Podía ver cómo poco a poco la nueva viuda me miraba con más recelo, aquel tipo de recelo que incomoda, pero yo era una profesional y controlé mi sonrisa.
Me pagan por llorar a los muertos.
Cada trabajo era distinto. La emoción venía de encontrarme en el sitio, a la luz de mi público, confundiendo a tantos, haciéndoles dudar sobre si realmente era una actriz o si había algo más.
Empecé joven en esto. Fue fácil.
Imitar a mamá me salió bien.
Aún recuerdo su expresión cuando la señalé, llorando tal y como hizo ella cuando me vio hacerle eso a papá.
Una sensación agradable recorría mi cuerpo cuando recordaba sus ojos mirándome, abiertos de par en par, vibrando desenfocados. Su labio temblando de aquella forma tan perfecta.
Ese truco también lo aprendí.
La viuda me sacó de mis pensamientos zarandeándome ligeramente. Estaba demasiado seria, hermosa, con una enorme lágrima deslizándose por su cara.
—Creo que te conozco de algo.
No podía conocerme de nada.
Ella no estaba allí cuando lo hice.
Interrumpí mi arte, retirando toda emoción de mi ser.
—Últimamente tengo mucho trabajo, quizás sea de eso.
Esperé a que abriese los ojos por completo, dándole el tiempo justo para que me reconociera y volví a fingir.
Varios de los presentes la sujetaron cuando intentó golpearme.
Hice mi mayor esfuerzo por no romper a reír.
Parece que sí estaba cerca la última vez que vi a su marido.
—No se preocupen, entiendo que necesita desahogarse conmigo, es parte de mi trabajo.
Trató de revolverse para agredirme, pero la mantuvieron a raya.
—No es la primera vez que me pasa, no se preocupen.
Continué llorando a mi víctima, disfrutando de aquella sensación que recorría mi cuerpo haciéndome sentir real en un mundo de mentiras.
Era tan fácil que no pude resistir dedicarme a ello.
Podría decirse que papá fue mi primer cliente.
El perro mi primera víctima.
Cada una me hacía sentir igual que la primera vez.