Saltar al contenido
A.S. Pulido
MenúCerrar
El precio

Paola

En los retratos de la sala falta algo: unos ojos, unas orejas, una frente.

7 min de lectura 1206 palabras

Aquel cuadro me había atrapado. Aquel retrato parecía vivo, los trazos de óleo sugerían la textura sin necesidad de sobrecargarse. Si mirabas el tiempo suficiente podía incluso escuchar su voz, la voz de quien te susurra al oído mientras no prestas atención. Una frase que suena a destiempo y se pierde en la nada.

—Veo señorita que tiene usted un gusto especial.

La voz del extravagante señor que se acercó a mí, sonaba desde dentro de mi cabeza.

Un hombre con ojos claros de mirada triste se había puesto justo a mi lado. Un sombrero de aspecto gris se fundía con su pelo castaño entrado en gris de forma irregular.

—¿Disculpa?

Otro que se acercaba, seguro que con la misma premisa que el resto.

El señor no me miraba a mí, miraba el cuadro con intensidad, viendo más allá de lo que cualquier otro podía sentir viendo el cuadro.

Estaba segura de que él sí había podido escuchar el susurro.

—Llevas una hora mirando el cuadro. Cualquiera diría que estás viendo la mejor obra de arte jamás creada.

Solo sonreía con la boca, sin quitar ojo del chico rubio casi perfecto que estaba pintado allí. Un rostro angelical, sin ojos.

—Ah. Perdón, quizás estoy acaparando el espacio.

De forma antinatural, aquel hombre fijó su mirada directamente con la mía.

Sentí que le conocía.

—Por favor, no te disculpes. No hay más halago para un artista que ver cómo su obra crece en la mente de quienes observan.

Un millar de diminutos insectos recorrió mi cuerpo en cuanto le reconocí.

—¿Es usted el gran Ramón?

Su asentimiento atravesó desde mi corazón hasta mi estómago, haciendo que mi cuerpo temblase.

—Oh Dios santo. Disculpe que no le he reconocido, estaba tratando de escuchar qué intenta decir su cuadro.

Don Ramón se giró hacia el cuadro, lo hizo de forma que el tiempo dejó de consumirse hasta que cruzó la mirada en el hueco en blanco que el cuadro tenía sin pintar, ese hueco exacto entre las cejas y la nariz.

—Dígame, señorita, ¿le gustaría ser mi próxima obra?

La boca se me secó ante aquella idea, las palabras dejaron de tener forma en mi cabeza y comencé a balbucear. La risa más agradable y dulce que escuché en mi vida salió de Don Ramón y su calidez hizo que mi respiración se relajase.

—¿Cree usted que valgo para eso? Todos los modelos que utiliza son gente hermosa, no como yo.

Llevé mis dedos a mi boca, justo donde la nariz y el labio se juntan, justo donde mi cicatriz de nacimiento se mezclaba con la vergüenza, acariciando aquella muesca que tantas burlas me había causado.

Recordaba con exactitud la vez que Luis rio como un loco cuando le dije que me gustaba, las otras chicas del instituto se dedicaron a hablar de mí a mis espaldas, no las escuchaba, pero podía ver cómo se pintaban una marca parecida a la mía, como me señalaban y luego las escuchaba.

—Señorita, creo que usted será mi mejor obra, sin lugar a dudas.

Era tarde, la gente hacía rato que había empezado a abandonar el museo y el ambiente se estaba volviendo cada vez más silencioso.

Un latido vibró contra mis costillas.

No estaba acostumbrada a que me dijesen algo como aquello.

Controlando unas lágrimas que no tardarían en salir, asentí.

Era la primera vez que alguien me decía algo así de bonito.

—Perfecto entonces, señorita...

Sentí cómo el calor se arremolinaba en mis mejillas, aún no me había presentado. Extendí la mano para presentarme como es debido.

—Paola, me llamo Paola.

Don Ramón tensó su frente hacia arriba y asintió de nuevo.

—Es un placer señorita Paola, su nombre será el que acompañe a mi obra más reciente.

El contrato tenía quince páginas, leí las primeras dos bajo la atenta mirada de Don Ramón y con la prisa de quien siente la incomodidad de una mirada que empuja, pasé directamente a firmar.

—Perfecto señorita, espero que esté preparada para la fama, todos admirarán su belleza pronto.

Habíamos quedado el domingo, tenía dos días de nervios hasta el gran día, donde posaría para su retrato, un retrato que prometía mostrar mi belleza al mundo.

El domingo, caminando sola por el desierto museo, sentí que las sombras borraban el camino en cada paso que daba, sin vuelta atrás.

Visité con interés algunos de los otros cuadros: Rebeca, una niña que sonreía con inocencia y no tenía orejas. Carlos, un chico sin frente miraba sin ver, también me fijé en aquel ángel sin ojos. Javier.

—Sígame, señorita, tengo todo preparado.

Varios susurros me acompañaron, cada vez más intensos, más voces de las que podía entender, cada una pisaba a la otra, haciendo imposible comprender nada.

La habitación tenía un fondo cian con un taburete justo en el centro de la pared del fondo, también se veía un lienzo enorme y una cajita con pinturas y un pincel bastante grueso.

—Siéntate, querida.

El tamaño del taburete era demasiado estrecho, y la altura era demasiado alta como para poder sentarme sin necesidad de dar un salto. Apoyé el trasero con cuidado de no volcar demasiado peso y miré a Don Ramón.

—¿Cómo quiere usted que pose?

Ramón se acercó con un trozo de tela en una mano y la otra rascándose la cabeza de forma distraída.

—No te preocupes por eso, me gusta que sea natural.

Con el cuidado de un pastelero poniendo la guinda en un pastel, Don Ramón tapó mi boca con aquella tela, que quedó pegada con fuerza, haciendo el vacío. Sentí cómo absorbía algo de mí, la tela fría sellada contra la piel, cubriendo la marca leporina.

—Tranquila, cariño, estamos haciendo arte. Juro que te dejaré preciosa.

Eso me tranquilizó, solo un poco, estaba tapando justo aquello que me atormentaba cada día de mi vida, el motivo de las burlas y mi desprecio autoimpuesto.

Con cada trazo, cada línea pintada por Ramón, mi complejo desaparecía, mi cuerpo y mi yo se aceptaban más. La última semana había sido de primeras veces, pero la primera vez que me sentí mía, fue aquella, flotando, ligera.

El lunes me expusieron en el museo, cuanto más me admiraba la gente era más feliz, sonreí con el cuerpo, porque ya no tenía boca con la que hacerlo. Debajo de mí había un pequeño letrero con mi nombre, el nombre que teníamos ambas partes antes del cambio, el complejo ya se había ido, ya solo quedaba yo. «Paola»

La gente señalaba y se hacía fotos conmigo.

Por fin era feliz.


En la sala me colocaron junto a Rebeca, solo había silencio y gente mirando con horror y asco. Mi boca seguía tapada con aquella tela, mientras la pobre niña tenía las orejas tapadas. No dejaba de llorar.

—Tranquila, alguien vendrá a buscarnos algún día, lo prometo.

La voz venía de al lado, no necesitaba verle para saber quién era, recordaba la voz de Javier, ahora entendía por qué intentaba avisarme.

Con el tiempo, Rebeca no dejó de llorar, nosotros tampoco perdimos la esperanza, esa fue la peor parte: el final nunca llegaba, siempre venía alguien nuevo a vernos con aquella expresión de desagrado.

Don Ramón nos enseñaba, personalmente, una exposición de defectos.

Allí, no teníamos nombre.

Paola A.S. Pulido

Si has llegado hasta aquí, te aviso del siguiente.

Un relato nuevo al mes, a veces dos. El alta está en Substack: te llevará un clic y una pestaña nueva.

Suscripción

Suscribirse en Substack (se abre en una pestaña nueva)

Sin spam. Baja en un clic.