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A.S. Pulido
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El precio

Coleccionista

Colecciona últimos momentos ajenos: un último beso, un último vuelo, una última risa.

7 min de lectura 1234 palabras

Había estado en el último partido de fútbol antes de que demolieran el estadio, en la última noche de lluvia de ese verano, en el último beso de una pareja que no lo sabía aún.

Pero aquel día sentía algo extraño, aquella sensación de que algo iba a terminar aparecía en todas partes: aquel paseo de los dos ancianos con su perrito, eso fue lo primero, pero ese no iba a ser el recuerdo, ya que también fue la paloma, asustada por el perro que se había soltado de la correa. Todo eso también disparó aquella señal, que se mantuvo encendida de forma constante.

Tenía dieciséis años cuando aquello había empezado, en verano, mientras estaba de visita con mis abuelos.

Fue cuando vi al yayo aquella mañana, cuando me dio los buenos días con más energía de la normal.

—Buenos días, Nino —dijo, mientras se estiraba y se miraba extrañado los brazos—. Hoy parece que he dormido bien.

Llevaba una camiseta interior de tirantes, una de esas que únicamente usaban los que venían de campo. A pesar de la confusión que se veía, tenía una jovialidad rara, se movía más rápido y preciso.

—Yayo, ¿podemos ir hoy a ver las cabras?

Me encantaban aquellos animales, eran unos brutos. Como yo.

Él se limitó a reírse y asentir, mientras daba un trago al café, que emitía humo, siempre lo decía.

—Si un café no arde, no despierta.

Y fue ahí, la primera vez que lo vi. No a mi abuelo. Fue la primera vez que vi a aquel ser vestido en sombras, aquel ser que hacía que mi piel ardiera de frío.

Una desagradable sensación trepó por mi espalda y se incrustó en mi nuca, haciendo que un calambre recorriera el resto de mi cuerpo.

Un olor pútrido se abalanzó sobre mí en el momento que unos dientes deformes se insinuaron entre aquel oscuro rostro.

—¡No! —exclamé con miedo—. No te lo lleves por favor.

Aquel ser sin nombre, aquel concepto con forma aterradora se acercó a mí, relamiéndose.

—Si así lo quieres —la voz me hacía vibrar desde dentro, como si él fuera yo—. Tendrás que trabajar para mí.

Una mano huesuda con un color de piel gris, se extendió hacia mí, mostrándome una caja muy pequeña de color marfil. Estaba rallada con figuras geométricas que se movían continuamente.

Levanté la mirada a tiempo para ver cómo aquella cosa, que no dudaba qué era, atravesaba la pared y desaparecía.

—Qué manía tenéis los jóvenes de decir cosas sin sentido.

Tardé un rato en contestar. Por más que miraba a donde estaba la figura un momento antes, no veía nada raro, lo único que me recordaba a aquella cosa era la sensación que tenía en la zona cervical, algo se retorcía, pequeño e inquieto.

Debía ser mi imaginación.

—Perdona Yayo, ha sido una cosa de la tele que vi ayer.

Él se limitó a asentir, apretando los labios mientras se giraba y me miraba de reojo. Suspiró.

—Veis demasiado la caja tonta —salía por la puerta mientras mascullaba—. Así estáis, tontos perdidos.

Yo tardé más en salir. Estaba ocupado mirando aquellos círculos y triángulos moviéndose por el borde de la caja. Tardé dos días en descubrir cuál era mi tarea.

Habían pasado ya veinte años de aquel día, veinte años que los había dedicado a recolectar cada uno de los últimos momentos con los que me encontraba. Era sencillo, sentía un aviso, lo que sea que tenía conviviendo conmigo en la cabeza me avisaba cuando algo iba a suceder por última vez. Cualquier cosa, pero nunca repetida. Había robado un último beso entre amantes, un último adiós entre amigos, una última sonrisa de un niño pequeño.

Era la primera vez que cualquier cosa disparaba aquella señal. Ya tenía un último paseo de un perro y su dueño, el último vuelo de una paloma; pero todo seguía disparando lo mismo.

Ignoré por completo aquella señal y continué hacia mi destino: la residencia de mi Yayo.

Tenía una mala sensación, pero hice todo lo posible por ignorar, no iba a amargarme ese día. No. No era un día cualquiera, y ese hecho fue visible al llegar. Habían decorado la entrada con globos y algunas decoraciones felicitando el cumpleaños.

Llevaba tarde, se suponía que iba a ayudar.

—Llegas tarde Saturnino.

Era Marta, la recepcionista, una chica bastante agradable que tenía la paciencia infinita para tratar con gente que desesperaría a cualquiera, a cualquiera menos ella.

—Lo siento, perdí el bus.

Era mentira, había tenido que ir a capturar un último momento, el último dulce que alguien comía, un hombre bastante obeso que parecía querer hacer una celebración de despedida, incluso habían llevado globos con un pequeño letrero que decía: "puta diabetes".

—Venga, no han querido empezar sin ti, están esperándote.

Agradecí con un gesto de la cabeza y me fui directo al salón. Podía ver el grupo de gente, principalmente familia, aunque también se veían otros residentes, era un día especial, no todos los días uno cumple cien años, hoy mi Yayo era el protagonista.

Mis primos y mi padre me aplaudieron al llegar, para dejarme en vergüenza, una broma cariñosa.

Fue una fiesta bonita, la tarta era algo insípida, los que más la disfrutaron fueron los demás abuelos, el resto simplemente comimos un poco para no hacer el feo.

Cuando llegó el momento de los regalos, me sorprendió ver la cantidad de cosas que tuvo que abrir, regalos variados, nada demasiado extravagante, quizás lo más interesante sería un transistor de estilo antiguo con el que mi Yayo había incluso dejado caer alguna lágrima.

Cuando llegó mi turno, me acerqué sonriendo, era mi persona favorita y se notaba, cualquiera habría visto que teníamos una relación especial.

Cuando extendí mi regalo, el paquete parecía más pequeño de lo que recordaba, el marco con aquella foto, una foto que nos hicimos un verano de hace unos veinte años, rodeados de aquellas cabras.

En el momento en el que vi el color que había debajo del papel comencé a sudar. Un segundo más tarde noté el olor putrefacto seguido de una presión en el hombro, una mano me apretaba con cuidado.

Alguien había caído al suelo y el resto parecía sorprendido. No pude ayudar, mis piernas estaban heladas y sordas.

—Has hecho un buen trabajo —aquella voz me provocaba escalofríos—. Pero ha llegado la hora.

Era injusto, aunque era cierto que ya había vivido más años que la mayoría.

—No niño, no es injusto —el sonido retumbaba en mi pecho a cada palabra que aquel ser pronunciaba—. Hicimos un trato.

Agaché la cabeza y me decidí a despedirme de mi Yayo, pero me quedé paralizado.

El horror de su cara parecía haberlo congelado en el tiempo, no era el único, Papá estaba en el suelo, hacía gestos de gritar, pero no podía escucharlo. Estaba abrazando algo. A alguien. A mí. Un cuerpo igual al mío se encontraba en el suelo, inerte.

Miré de nuevo a mi Yayo y vi como aquella caja se cerraba con la que iba a ser mi última entrega de un regalo, con aquellas figuras por fin quietas. En aquella caja que se encontraba entre sus manos.

—Venga niño, tenemos trabajo que hacer.

Aquella figura sombría estaba esperándome, paciente, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

—Puedes llevarte el porta retratos, será tu ancla durante un tiempo.

Tragué saliva. Claramente, había aceptado un trato sin entenderlo.

Coleccionista A.S. Pulido

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