El hombre que pintaba nubes
Veinte años regalando buen tiempo a un pueblo ingrato, y hoy abre los óleos negros.
Hacía veinte años que el pueblo no veía granizo. Esa mañana, abrí los óleos negros.
—Esa estúpida arrogante.
Me encontraba frente al lienzo, y notaba la piel de la cara ligeramente enrojecida.
—Llevo siendo el más viejo del pueblo, más tiempo que años tienen aquí la gente.
Siempre comenzaba los trazos de la misma forma, dibujando las montañas que traían las nubes.
Eso era lo que hacía, pintar las nubes que más tarde aparecerían en el cielo.
Me había llevado años darme cuenta de que de alguna forma lo que dibujaba influía en lo que el aire empujaba.
Llevaba aproximadamente veinte años haciendo aquello y para colmo descubrí mi magia por casualidad.
Es raro ver una nube con forma de perro, pero más raro es que sea tu perro, y que eso suceda cuando tú lo has pintado. Pero deja de ser raro y se transforma en imposible cuando sucede lo mismo dos días seguidos, cuando los demás habitantes también lo comentaban.
Raro, decían.
Aprendí rápido a pintar nubes de lluvia, también aprendí sobre distintos tipos de nube, incluso probé a hacer que tuvieran colores extraños. Aunque, fuera de todo aquello que había empezado como un juego, yo era el motivo de la prosperidad del pueblo.
Los campos nunca tenían falta de riego, los festivales siempre eran secos e incluso cuando hacía demasiado calor pintaba nubes de nieve que refrescaban los días.
Pero nadie me había dado nunca las gracias.
No.
Una vez comenté que todo era cosa mía y se rieron de mi.
—Qué bromista eres Aurelio.
Eso es lo que decían los jóvenes que ahora eran igual de viejos que yo.
—¡Mirad, es el dios de las nubes!
Eran muy hipócritas y desagradecidos, pero yo no tenía problema por la falta de reconocimiento. Yo disfrutaba pintando mis nubes.
El problema es cuando la gente se vuelve inconformista y se queja de que todo es demasiado perfecto.
Después de todos estos años, una discordia se estaba extendiendo entre los habitantes, surgían riñas desmedidas motivadas por la falta de amenaza externa.
Eso era lo que decía ella, una niña que tenía nueve años, la nieta de uno de los amigos que jugaba con Miguel, mi hijo.
—A los mayores les da miedo perder su sitio si se sienten inútiles.
Era una niña demasiado lista para el lugar en el que vivía.
—Necesitan sentirse útiles e importantes, por lo que si discuten con alguien y pelean por quien tiene la razón, sienten que tienen su lugar.
Se llama Alba, es una niña bastante observadora, yo ni siquiera me había percatado de eso, pero ella puso palabras a algo que llevaba creciendo veinte años y que nadie había puesto nombre.
Pese a todo, aquella niña me había mirado y había sentido el peso acusatorio de las palabras que no dijo.
Sí, era mi culpa. Por eso me cabreaba. Una niña de nueve años me decía a mí que era mi culpa todo.
No tenía que preocuparse, iba a solucionar en problema.
Pinté con blanco y azul, grandes trozos de hielo. Ese era el truco, tenía que visualizar lo que pintaba, retener la imagen que tenía que vivir en las nubes, así funcionaba mi magia.
Luego tenía que mirar con cuidado cuántos ponía, si ponía pocos, sería muy poca intensidad, si ponía demasiados, caerían pegados en pelotas demasiado grandes. También añadí lluvia, bastante, para que todo fuera un susto principalmente, no quería hacer daño, solo desquitar un poco ese ambiente irascible.
Por último, tapé todo con aquel negro que nunca había usado, el color del humo, esa era la mejor forma de describir la nube.
Me permití un detalle, un rayo, nunca había pintado uno, así que aproveche para experimentar con aquel precioso color chillón y un enorme rayo atravesaba la nube.
Ahora solo tocaba esperar, al día siguiente el lienzo volvería a estar en blanco y los óleos y pincel intactos. Lo cubrí con una manta y lo guardé en el cobertizo. Cené y me acosté, expectante sobre como sería el día siguiente.
Desperté a las horas, era aún de noche, pero un golpeteo incesante y rítmico hacía que dormir fuera imposible, estaba granizando, no pude evitar sonreír.
Pasadas unas horas comencé a sentir la agobiante sensación de que aquello no iba a amainar, notaba el estómago como si tuviera piedras dentro, una culpa que pesaba demasiado.
Cubriéndome con una manta, salí a la calle y me lancé colina abajo, hacia el centro del pueblo.
Todo se iluminó de golpe.
Como si de una enorme antorcha sé tratara, el campanario de la iglesia ardía, un fuego que no tardo en esfumarse, provocándome un hormigueo extraño.
—¿No crees que te has pasado?
Reconocí la voz al instante, era aquella niña, Alba, sentada tranquilamente en mitad de la fuente, frente a la iglesia.
—Yo no quería esto.
Incluso a mí me sonó a excusa barata, que puedo pedir que entienda alguien de mis palabras si yo soy el primero que duda de ellas.
Un enorme destello golpeó nuevamente el campanario y minutos después el fuego que había aparecido de nuevo, volvía a estar extinto.
—Pero querías que todos supieran que eras tú el dios de las nubes.
El hielo se acumulaba en el suelo, pequeños trozos de hielo se fusionaban con en agua de la lluvia entremezclada y formaban una pequeña superficie helada.
—Mira por el lado bueno. Te reconocerán.
Con los ojos como platos y el miedo comiéndome la piel con cada golpe de frío granizo, mire a aquella niña que estaba sentada tranquila y apacible. Una niña que sonreía en mitad de aquel caos.
Otro destello.
Los reflejos anaranjados me enseñaron suficiente sin tener que volverme. Desaparecieron.
—No sé controlarlo, no quería hacer todo este daño, nunca había pintado algo así.
Con pequeños saltos se acercó a mí, poniéndome una mano en el hombro. Me encontraba de rodillas en el suelo, juraría incluso que corría agua de mar en mi rostro.
—¿Qué esperabas si nunca le hiciste caso a esos óleos? Has guardado demasiado y ahora ha salido todo de golpe.
Por algún motivo comenzó a dejar de caer granizo, incluso se podía ver la sugerencia de una luna andando entre las nubes.
—¿Quién eres?
La niña sonrió aún más ante mi pregunta y me dio un golpe en la nariz con su dedo.
—Si tú eres el dios de las nubes, yo seré la diosa de la razón.
Un instante después, dando saltos de nuevo se alejaba la niña.
La gente del pueblo ya nunca más me miró igual.
Solo una noche en veinte años.
Solo una.