Ira
Una semana al año, Bruno le presta el cuerpo a su demonio y mira lo que hace.
El tiempo estaba llegando.
El estómago se le encogió a Bruno cuando se dio cuenta de que ya hacía un año. Un año desde la última cesión.
Se limpió el sudor y siguió comiendo su pollo con arroz.
Muchos le decían que tenía suerte, que su demonio no le hablaba, aunque él tenía claro que su demonio era cruel.
El pacto no lo había escogido él, fue cosa de su madre, fue ella quien le obligó.
—Tienes la sangre.
Esa era la excusa, si tienes la sangre, tienes que hacer el pacto. Aunque no sepas qué tipo te vaya a tocar.
Se acercó al gimnasio, necesitaba relajarse y lo único que le ayudaba era el ejercicio, al menos lo único a lo que se atrevía ahora mismo. No quería meter a Ruby en esto, odiaba esa parte de él.
Siempre llevaba algo de pan en el bolsillo, para las palomas que había en el parque justo en la calle de enfrente del gimnasio. Le habría gustado que su poder fuese volar. Poder sentir el viento en su cuerpo y la libertad de alejarse de todo cuando quisiese.
No le quedaba mucho tiempo hasta que volviese a la academia, no le apasionaba la idea, aunque tenía ganas de ver a Ruby de nuevo.
Mejor después de la semana de cesión.
Durante el entrenamiento pudo dejar su mente vacía, eso era lo que disfrutaba, ser simplemente tiempo, cansancio y también ese control que podía mantener en cada repetición.
—Joder, Bruno, un día no vas a poder entrar por la puerta.
Se giró para ver a Iván, uno de los chicos que siempre estaba en el gimnasio y que nunca veía entrenar. Le saludó con un gesto de la cara mientras terminaba de hacer el press de pecho.
La cara de Iván se transformó haciendo hollín cuando se puso a contar los discos.
—Me cago en la puta, tío, estás loco.
Mierda, no esperaba que viniera nadie tan temprano.
Con el dedo, el chico iba contando cada uno de los discos, sumando en voz alta.
—Oye, vale que no soy un genio y eso, pero estoy sumando ciento noventa kilos más la barra.
Con pasos cortos, Iván fue separándose hasta mantener una distancia más amplia con Bruno.
Bruno hizo su primera repetición, con muchísimo esfuerzo, temblando mientras se contraía en una mueca que le hacía ver como un tomate arrugado y feo.
Iván fue corriendo a sujetar la barra y le ayudó, con un esfuerzo increíble, a colocarla en el soporte.
—No puedes hacer esa locura, tío, te vas a matar, necesitas un compi que te ayude a sujetarla, deberías meterle mínimo cincuenta kilos menos si quieres hacer RM.
Bruno se sujetaba el hombro, compungido, tambaleándose un poco en silencio.
Esperó unos segundos antes de ponerse de pie con dificultad.
—Se me ha ido la olla, creía que iba a poder con eso.
Iván soltó una carcajada que atrajo la mirada de las dos personas que estaban en el otro extremo del gimnasio.
—Si eres capaz de levantar eso, lo siguiente es que entrenes levantando coches. Estás fuerte, pero te has flipado muchísimo, tío.
Con una tímida sonrisa, Bruno se puso de pie y fue recogiendo sus cosas despacio.
—Me he hecho daño en el hombro, así que no puedo entrenar hoy.
Ya ni siquiera puedo entrenar aquí.
Iván le dio una palmada en la espalda y se fue, en dirección a la zona de cardio, donde estaban las otras dos personas, una mujer en la elíptica y un hombre en la bicicleta. Así era él, no hacía nunca nada, solo molestar.
Bruno salió del gimnasio sujetándose el hombro, directo al parque. Se sentó en el banco y comenzó a lanzarles el pan a las palomas. Sonriendo mientras su mente estaba en otra parte.
Aún recordaba el primer día de cesión.
Su madre estaba muy contenta.
Cuando comenzó con los golpes su madre, con aquellos labios rojos, no pudo evitar sonreír excitada.
Sintió el primer golpe como si su mano estuviera dormida. El hormigueo le subió hasta el pecho. El rojo sobre rojo del labio de su madre.
Lo que más odiaba era la sangre.
Hacer daño.
Y lo que su demonio más disfrutaba era torturarle.
Siempre buscaba a gente a la que él quería.
Le obligaba a mirar mientras utilizaba su cuerpo.
El deleite del demonio se enfrentaba al asco que Bruno sentía.
Más tarde llegó su padre y entonces comprobó que su demonio también disfrutaba del dolor, de los golpes de su padre. Disfrutaba de las cosas rotas que crujían a su espalda.
Y así pasaba una semana entera. Cada año.
Solo por tener algo dentro de su cuerpo que no debería estar. Su familia estaba orgullosa, su demonio era muy similar al de su padre, el tipo de demonio más común dentro de la casa de la ira.
El de mamá era de la pereza, nunca hacía nada, solo se dejaba golpear, quieta, con una sonrisa. Era su pago por su poder.
Bruno no lo quería, dentro de todo el ecosistema de pactantes, solo había dado con una persona que pensase parecido a él: Ruby. La única chica que le había gustado jamás, a pesar de la carga que llevaba sobre su espalda, él la ayudaría, era fuerte, sostendría todo el peso de ella que pudiese, para hacerle más fácil. Para que sonriese.
—Hola monete.
El olor a fresa alcanzó a Bruno y no pudo evitar olvidarse de todo lo demás.
Ruby era preciosa, era el sol que aparece después de una noche demasiado larga.
—Hola bollito.
Bruno sonrió y le dio la mano a Ruby, ella se sentó a su lado.
—Otra vez dando de comer a las palomas, deberías cuidarlas en algún sitio en vez de usar siempre este parque.
Un rayo atravesó a Bruno al recordar la sensación de los diminutos huesos quebrándose en sus manos cuando era un niño. Recordando cómo su padre lo había pillado cuidando a un pequeño gorrión que aún no sabía volar. Cómo había apretado sus...
—¿Te queda poco, verdad? Se acerca la semana de pago.
Bruno tragó saliva, guardó silencio unos segundos antes de contestar, rompiendo el pan en migajas cada vez más pequeñas.
—Sí. Lo noto.
Lanzó el pan al suelo, una tórtola se unió a las palomas, picoteando el suelo, luchando por comer más que las otras.
—No quiero que estés cerca de mí cuando llegue. No quiero hacerte daño.
La voz de Bruno sonó débil, una pequeña brisa que amenazaba con extinguirse antes de llegar a su destino.
—Tú aguantas más por mí, no te preocupes.
Bruno la quería. Demasiado. Pensar en hacerle daño le dolía.
Suspiró.
Ruby se puso de pie en un salto, dando una sonora palmada.
—Ojalá pudiera romper mi pacto.
Ahí estaba, la cara que solo él sabía qué había detrás de la máscara. El dolor que Bruno sabía que vivía con ella.
—Si rompes tu pacto y sobrevives, quedarás loca.
Bruno usó un tono de voz cargado y alarmista.
Ruby solamente le regaló una sonrisa, una de verdad, no la que solía mostrar.
—Al menos así podría besarte.
Ella se acercó rápido a la cara de Bruno.
Bruno contuvo la respiración.
Notó el aliento caliente que salía de la boca de Ruby.
Y vio cómo sus ojos se volvían oscuros por completo, vio cómo el demonio tomaba el control de su cuerpo, apenas dejando un milímetro entre ambos labios.
La cabeza de Ruby se separó, con una risa desencajada y aquella mirada vacía.
—No tan rápido, degenerado.
Una mujer que pasaba cerca de ella se vio arrastrada hasta Ruby, que mantenía la mirada en Bruno, sonriendo y con aquellos ojos negros.
Besó a la mujer.
Largo.
Podía ver a la mujer derretirse.
El demonio de Ruby también torturaba a Bruno.
Dejó que Ruby retomara el control antes de que el beso terminara.
—Di-Disculpa, no sé qué me ha pasado... yo no... yo...
La mujer se marchó corriendo.
Bruno y Ruby se quedaron allí, mirándose, ella llorando por dentro.
—Creo que prefiero la muerte o la locura.
Ruby se echó un nuevo caramelo de fresa a la boca, con un gesto desagradable.
Bajó los hombros y suspiró.
—Odio todo esto, odio a la lujuria, odio a mi demonio.
Bruno sabía que ella contenía las lágrimas. No le gustaba mostrar debilidad, no en su entorno. No donde cualquiera se aprovechaba de ella.
Sus demonios les daban un cuerpo mejor, más fuerte, una sanación más rápida. A cambio del secuestro de lo que eran realmente.