Conversación
En el bar todos gritan el gol y nadie escucha lo que Juan intenta decir.
Pedí otra copa mientras pensaba que era la última vez que lo vería vivo. Pidió la misma.
—¿Se lo has dicho a alguien más?
Siempre estaba igual, nunca veía bien ninguna de las cosas que le pasaban.
Di un sorbo corto al pacharán.
—N-no, si se lo digo a alguien más...
—¡No! Joder, ¿cómo ha podido fallar eso?
Era el peor delantero del mundo, un fichaje que iba a lastrar otro año más al equipo. El ambiente en el bar estaba bastante caliente.
—Perdona Juan, ese inútil no mete ni la cuchara en el plato.
El camarero nos trajo una pequeña tapa con algo de queso y almendras.
—N-no pasa nada. T-tampoco es importante.
El queso estaba bastante aceitoso. Aquellas servilletas no valían para nada más que extenderlo.
—Oye Juan. ¿Tú crees que lo venden de una vez?
La sal de las almendras se pegó en mis dedos pringados y los chupé para limpiarlos.
—Joder J-Jose Luis, que m-me da igual si el equipo baja de segunda, ll-llevo diciéndote diez años que me la su-suda el fútbol.
Juan estaba de pie, con un brillo en los ojos que recordaba a alguien que estaba enfermo.
Salió del bar sin mediar palabra con nadie, dejándose la copa sin tocar, Paco ya estaba llevándosela a su lado de la mesa mientras no quitaba ojo de la pantalla.
—Pues sí que está intenso está vez.
Él siempre hablaba poco, siempre tarde.
—Desde que le dejó la Chari se ha quedado atontolinao.
Algo se me hacía bola con aquella cara de Juan.
—No sé Paco, lo he visto peor que...
—¡GOOOOL!
El bar estalló en gritos de celebración. El peor delantero de la historia había marcado y nos hacía matemáticamente equipo de segunda.
—Si es que hay que mantenerlo, dale apoyo y esas mierdas Jose Luis. Hay que tener fé en el chaval que siempre da la cara cuando hace falta de verdad.
Los coros de los asiduos continuaban como si nuestro equipo hubiera ganado la champions, aunque simplemente era que se mantenían fuera de la zona de descenso, seríamos equipo de segunda división la temporada siguiente también.
Al día siguiente, a medio día, entre de nuevo por la puerta del bar, con la camiseta y su dorsal número nueve.
—Venga esas caras hombre, que estáis muy callados.
El ambiente era malo, cualquiera diría que habíamos perdido y no mantenido la categoría.
Me senté en la barra, di un redoble de tambor con mis manos.
—Jefe, ponte un café y una copita cuando puedas.
Fermín, en camarero, se acercó despacio y me sirvió.
—Tu tranquilo José Luis, a esta invita la casa, y si necesitas algo tú pídelo.
Una parte de mi, sabía que algo había pasado, pero la otra se negaba a procesarlo.
—¿Y esto?
Los ojos de Fermín se abrieron un poco más de lo normal durante un suspiro.
—Joder. Siento ser yo quien te lo diga. Pero esta mañana han encontrado a Juan en las vías.
Un pitido molesto se alojó en mi oído.
—Fue rápido, no sintió nada.
Dijo Fermín.
—Eso dicen.