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A.S. Pulido
El hueco

Recuerdos

Un año después del entierro, un niño que no es su hijo le pregunta si quiere jugar.

5 min de lectura 961 palabras

Hacía un año que el silencio se había alojado en casa. Un año desde que mi pequeño Rubén se había ido a jugar para no volver.

—Mami, ¿juegas conmigo?

Aquel silencio justo en ese instante. No era Rubén, aunque se parecía bastante, exceptuando el color de pelo.

Me agarré a la silla con fuerza, dejando la taza de té sobre la mesa con cuidado. Aún podía notar el vaho deshaciéndose en el aire justo frente a mi cara.

Tenía que ser una alucinación.

—¿Quién eres, pequeño?

Tendría unos siete años. Justo los mismos que tenía él cuando le di su último beso, unos días antes de que me dejaran volver a verle, a darle el último abrazo.

La criatura se giró, sonriéndome.

—¿No te habló de mí?

El nombre salió de mi boca antes de que mi cabeza comprendiera realmente qué estaba viendo.

—¿Marcos?

Mostró los dientes dispares, con la alegría de un niño al que le dicen lo que quiere escuchar.

Se parece tanto...

—Hace mucho que no juego con Rubén. ¿Está enfadado conmigo?

Algo se apretó en el pecho, algo que provocó que los ojos se me humedecieran y me sintiera incapaz de pronunciar palabra.

Me sequé las lágrimas que habían vuelto a salir y me di un tiempo hasta que por fin me sentí capaz de hablar de nuevo.

—Cariño, lo siento mucho. Él ya no puede jugar más, hace un año que no pued...

Noté cómo tiraba de mi ropa cuando se acercó haciendo pucheros.

Sentí el calor de sus pequeñas manos húmedas.

El pelo era suave y oscuro. No se parecía en nada a mi pequeño.

—¿Te enfadaste conmigo por jugar con él?

La culpa se aferró a mí de una forma que nunca antes había sentido. El recuerdo de las palabras llegó como un golpe rápido que duele más por la impresión que por la fuerza.


—Cariño, Marcos no existe, es solo un amigo invisible. Tienes que jugar con otros niños. Ese no es de verdad, los otros niños del parque sí.

Rubén miraba hacia la cama.

Justo donde estaba sentado Marcos con cara triste, mirando cómo se balanceaban sus pies.

—Pero Mamá, yo quiero jugar con Marcos.

El amigo levantó la cabeza, con los ojos iluminados por una luz que venía de otro lugar.

Me enfadé.

—No podrás jugar con ningún niño si no conozco a sus padres.

—Pero...

Salí de la habitación.

Hasta ahí era mi recuerdo.

—No pasa nada, Rubén, hay que hacer caso a Mamá.

—Pero yo quiero jugar contigo, ojalá ella pudiera verte.

—Yo vendré a verte, somos amigos, pero es importante que hagas caso a Mamá siempre. Ella podrá verme, lo sé. Los adultos viven en un mundo distinto: necesitan cosas que puedan ver para creer.


El té ya no emitía el vaho de hacía un momento.

—Creía que no eras de verdad.

Esa diminuta mano de Marcos se posó en mi mejilla y secó al instante la gota que había quedado atrapada entre ambas.

Mi respiración se rompió.

—Yo soy de verdad. Mientras alguien crea en mí.

Rubén creía.

El timbre sonó y rompió la ilusión: el té volvió a humear.

Marcos ya no estaba.

Me acerqué a abrir la puerta pensando en dónde comenzar a buscarle de nuevo.

Era de nuevo él.

—¿Qué quieres?

Sus ojos me barrieron de arriba abajo.

Entró sin pedir permiso.

—¿Cómo que qué quiero? Tienes el teléfono apagado, no abres la puerta casi nunca.

Dio un paso más hasta entrar en el salón.

Y su cara lo dijo todo.

—Además, tienes la casa hecha una mierda, solo veo basura.

Sentí el calor arremolinarse en la cara. Tampoco sabía de qué forma quedarme parada, como si fuera la primera vez que me ponía de pie en mi vida.

—Tú no eras así. Nuestro hijo no va a volver.

Los ojos se me fueron hasta la mesa, al té que continuaba humeando con el último hilo de calor.

—Lo sé.

Antes de poder decir nada más, se fue directo a la nevera y la abrió.

Vacía.

—Te vienes conmigo.

Negué.

Sentí sus brazos rodearme.

Escuché cómo musitaba algo sobre mi delgadez.

—No fue tu culpa.

El susurro me hizo temblar. Cada parte de mí amenazó con fraccionarse en algo diminuto.

Le repelí como pude.

Cansada.

Necesitaba dormir.

—Ya me has visto. Sigo viva.

Le empujé hasta que logré sacarlo de casa.

Cerré la puerta con fuerza.

Golpeó un par de veces antes de rendirse y marcharse.

No tenía que haberle abierto.

Por fin podría beberme el té. Necesitaba dormir, y ese chorreón de valeriana era lo único que me ayudaba.

Y en el mismo salón atestado de bolsas, me tumbé sobre el sofá.


Rubén se fue al parque esa mañana. Le había dicho que fuera a jugar con los vecinos; le había prometido que así haría nuevos amigos.

Me asomé a la ventana: el parque se veía perfectamente desde la cocina.

Vi la carretera.

Se paró a mirar como le habíamos enseñado.

Sonreí, orgullosa de mi pequeño, hasta que me di cuenta de que Marcos estaba con él.

Detrás.

Le vi empujarlo. Marcos lloraba y movía los labios, formando palabras.

—Lo siento, Rubén, no quiero desaparecer.

El recuerdo del coche que le pasaba por encima al mismo tiempo que la voz de Marcos dentro de mi cabeza.


Desperté sudando y con el pulso acelerado. Aún era de día.

—Hola, Mamá.

Por suerte, todo era un sueño.

—Hola, cariño. Ven, mamá ha tenido una pesadilla y necesita un abrazo.

Sentí sus manos acariciando los huesos que se me marcaban a través de la piel.

—¿Vamos a estar siempre juntos, Mamá?

Le besé la frente y le revolví el pelo oscuro.

—Claro que sí, hijo mío. Si eres lo más bonito que tengo en la vida.

Recuerdos A.S. Pulido

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