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A.S. Pulido
El precio

Poder

La corona habla con la voz de su padre, y cada vez le pide un nombre más.

4 min de lectura 666 palabras

Me senté y noté cómo se clavaban en mi piel los surcos gastados de la madera. Siempre lo había imaginado más cómodo cuando veía a Padre sentado ahí.

Dejé salir el aire. Se habían acabado las noches de contar puertas y de dormir vestido.

—Mi Señor.

El lacayo se acercó con la corona sobre un cojín. Resplandecía impoluta, y hacía tres semanas que nadie la limpiaba.

Los vasallos se pusieron en pie despacio. Las miradas iban en todas direcciones menos hacia la mía. Que aprendieran adónde no mirar; me ahorraría trabajo más adelante.

Todas menos las de mi hermana, que me miraba de frente desde la segunda fila. Siempre lo hizo.

El metal estaba frío cuando aquel inútil me la puso, y el frío quemó como un hierro al rojo. Dio un paso atrás, hizo su reverencia y no notó nada.

—Larga vida a nuestro querido rey Juan, séptimo en su nombre.

Marcial pronunció las palabras con un tono tan firme que la sala enmudeció un instante antes de responderle. Sonreí. Sin duda había sido una pieza clave en mi rápido ascenso hasta el trono.

Y entonces habló Padre.

—Es el más honesto de mis hijos, entiéndelo, Juan. Mi deber es dejar el reino en buenas manos.

No venía de la sala. Venía de dentro del aro, justo encima de mis orejas, como si alguien hablara con la boca pegada al metal.

Miré su silla. Llevaba vacía desde el invierno y yo mismo había pagado por ello.

—Me aseguraré de que tomes las decisiones adecuadas para que nuestro reino prospere.

Hermano. Palabra por palabra lo que me dijo la tarde en que Padre lo nombró heredero, cuando todavía creía que podía consolarme.

Se me revolvieron las entrañas. Subí las manos hasta la corona.

Tiré.

Fue como si alguien tirase de mi propio pelo desde dentro del cráneo. Dolía tanto que las lágrimas salieron solas y aflojé antes de decidir aflojar. Abajo la gente coreaba mi nombre. A nadie le extrañó que llorase un hombre recién coronado.

—Muy bien, hijo mío.

Y ahí lo supe.

Padre nunca me llamó hijo mío. A Hermano sí, cientos de veces, con esa voz blanda que reservaba para él. A mí me llamaba Juan, y algunos días ni eso.

Lo que vivía en aquel metal no conocía la diferencia.

O la conocía perfectamente, y por eso la usaba.

—Lo primero será tu primo. Es peligroso, lo sabes bien.

—No —dije.

Lo dije en voz alta, en mitad de mi propia coronación. Marcial giró la cabeza. Dos o tres vasallos dejaron de aplaudir.

La corona se apretó.

No fue un dolor nuevo, fue el mismo multiplicado, y con él llegaron las voces a la vez: Padre, Hermano, el capellán, los dos guardias del corredor norte, la mujer que abrió la puerta equivocada. Todos los que había mandado matar hablándome juntos desde encima de mis orejas, y ninguno de ellos era ellos.

Duró lo que se tarda en contar hasta diez.

Cuando paró yo estaba de rodillas y la sala entera me miraba por fin.

—Mi primo —dije—. Prendedlo.

No bajé a las mazmorras. No hizo falta: sus súplicas me llegaban limpias hasta el trono, sin muros de por medio, servidas como se sirve el vino. Marcial no se dignó a pronunciar palabra. Sabía igual que yo que aquello no tenía solución.

Di la orden.

—Muy bien, hijo mío. Estoy orgulloso de ti.

El metal se enfrió. Se ajustó a mi cabeza como si me lo hubieran hecho a medida y, por un momento, no pesó nada.

Padre nunca me dijo que estuviera orgulloso. No en treinta y un años de intentarlo. Ni una sola vez.

Sé lo que hay en esta corona. Sé que no es él. Lo supe en la primera hora de mi reinado y me da exactamente igual.

—La siguiente será tu hermana. Un hijo suyo podría robarte el trono.

Di la orden.

Y me quedé sentado, muy quieto, esperando a que volviera a llamarme hijo mío.

Poder A.S. Pulido

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